Con mucha parsimonia y, sobre todo, respeto, Felipe Quilla Muni, viceministro de Medicina Tradicional e Interculturalidad, se pone un poncho rojo. En La Cumbre —el punto más alto entre la ciudad de La Paz y los Yungas—, la autoridad mira el horizonte. Parece hablar con los apus (cerros tutelares) y comienza a armar la wajt’a (mesa ritual) para pedir disculpas a la Pachamama, a la Madre Tierra, en tiempos de coronavirus. “La humanidad hace constante daño a la naturaleza; entonces, como consecuencia de ello, de la permanente contaminación de la Madre Tierra, es que se generan este tipo de enfermedades”, asevera la autoridad antes de seguir con el rito andino.
Ha terminado el jallu pacha, la época de lluvias y la cosecha, y a continuación ha llegado el thaya pacha, el tiempo en que reposa la tierra, cuando el viento y el frío dominan en el hemisferio sur. “Después de la cosecha, la Madre Tierra está descansando. Es como una mujer que sale del parto y necesita reponerse para dar nueva vida otra vez”, explica la amauta Abya Yala Runa (Elena Martínez Quispe) acerca de esta época del año.
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) calcula que el 60% de las enfermedades humanas tienen origen animal, que llega a 75% en males recientes como el zika, ébola y las gripes aviares, por ejemplo. Esta organización advirtió de una “emergencia de las enfermedades zoonóticas”, asociada a menudo “a cambios medioambientales, resultado de la actividad de los humanos, del cambio climático y de la transformación del uso de las tierras”, indica una nota de France 24. Por esa razón, el viceministro afirma que el ser humano ha hecho daño a la naturaleza y, por ello, es necesario pedirle disculpas para el bienestar del país.
Es mediodía de finales de abril y en la urbe paceña —al igual que en todo el país— rige la cuarentena para evitar el contagio del coronavirus. En ese contexto, una vagoneta con pocas personas recorre las calles vacías de Miraflores, primero; Villa Fátima y Villa El Carmen, hasta la tranca de Urujara. La experiencia ahí es singular, ya que no hay tráfico vehicular. De hecho, los kioscos donde solían estar las vendedoras, ahora están cerrados casi en su totalidad.
En menos de media hora desde el centro, el coche plomo se detiene en una loma de La Cumbre, donde está una wak’a o lugar sagrado, espacio en que los católicos instalaron la estatua de un Cristo con los brazos extendidos.
“La humanidad tiene que reflexionar por qué están ocurriendo este tipo de enfermedades. Tiene que recapacitar su conducta y tenemos que cambiar nuestros hábitos de alimentación y de vida”, analiza Quilla Muni, quien antes de empezar el ritual andino se pone un poncho.
Sobre una hoja de papel sábana, el viceministro —perteneciente a la nación kallawaya— deposita lana blanca, copal, cebo de llama, incienso y alfeñiques (pasta de azúcar cocida y convertida en barras). Al levantar las hojas de coca parece hablar con los apus, como el Illimani, Wayna Potosí y Sajama, a los que ruega que protejan a los seres humanos. Dos sullus —fetos de llama— arropados con lana blanca y claveles completan la mesa ritual.
“Hay que alimentar (a la Pachamama) con todo lo que ha dado en este tiempo de cosecha, todo tipo de frutos, semillas o papas para hacer una retribución, porque nosotros practicamos el ayni”, explica Abya Yala Runa, quien a pesar de no haber estado con la delegación sabe de memoria cómo transcurrió el rito ancestral.
En esta ocasión, los símbolos (barras de dulce que tienen imágenes de objetos a los que representan) no se centran en casas, autos y otros objetos, sino en la salud y economía de Bolivia, las áreas más afectadas por la pandemia.
“Se tiene que respetar a la Madre Tierra y cambiar nuestra conducta, no hacer mucho daño. Si cambiamos de esa forma, estamos seguros de que nuestra vida será mucho mejor”, asevera el viceministro, quien después de encender las tablas de madera pone encima la wajt’a.
Para Abya Yala Runa, la Pachamama no está castigando a los seres humanos, sino que, después del daño que le hemos hecho, se está regenerando. “El agua se ha vuelto cristalina, los lagos y ríos han vuelto a su naturalidad. Esa es una buena madre y nosotros tendríamos que copiar la generosidad de la Pachamama y trabajar junto con ella”.
Mientras se consume el fuego, las nubes avanzan rápido y se apropian del cielo, por lo que baja la temperatura y empiezan a caer la nieve; pero hay que esperar hasta que se consuma toda la wajt’a.
“Hoy en día no vale pedirle perdón si no es con acciones, porque a veces la gente habla, pero sus actos siguen siendo los mismos. Por eso mismo tiene que haber un cambio de actitud”, comenta la amauta, quien en su casa también arma una pequeña mesa ritual, para pedir que la humanidad deje de corromperse, que no se deje vencer por la vanidad y no caiga en el orgullo.






