¿Qué hizo Fernando Vásquez que le costó el puesto de ministro de Minería? Dicho sucintamente: se jactó de poseer un determinado fenotipo (blanco, pelo crespo, ojos verdes). Dejando de lado el alboroto que esta conducta produciría, digamos que la misma resulta muy frecuente en la sociedad boliviana. Desde niño recuerdo haber escuchado a miembros o amigos de mi familia ufanarse por lo mismo: porque un bebé recién nacido tenía “ojos claros”, o era “rubiecito”; o porque tal prima casadera “era mucho” para su pretendiente más moreno.
Al crecer me fui dando cuenta de que estos sentimientos se hallaban difundidos por toda la sociedad. No importaba de qué rasgo indígena se tratara, alguien siempre podía sentirse feliz de tenerlo en menor proporción que alguien más. En ese sentido, el Ministro defenestrado no tiene nada de peculiar. Lo raro en Bolivia, en realidad, es encontrar a alguien que no se compare o compare a los demás en términos raciales. En nuestra sociedad, todas las relaciones están mediadas por procesos de racialización: El primero de estos procesos es la afirmación de uno mismo como blanco. De él surge el fenómeno del “blanqueamiento” o transformación de la persona, a través de distintas estrategias económicas, simbólicas, psicológicas y estéticas, en un “blanco funcional”. Esto es, en alguien que funciona como blanco, sin importar si “verdaderamente” lo es o no.
El segundo proceso es la discriminación de aquellos que no cumplen con los requisitos fenotípicos y de pigmentación exigidos para ser blancos; es decir, la designación de los demás como indios. “Mira a este Ministro, se había creído crespo y de ojos verdes”; o “si la ves bien, no es más que una cunumí”.
Los procesos mencionados son las dos caras de una misma moneda. Dudar del mérito racial de otros protege al sujeto de una sospecha idéntica sobre él mismo y, entonces, lo afirma como blanco.
Las disputas por la posesión del “mejor” capital biológico son constantes y contribuyen a explicar, entre otras causas, la inseguridad y la desconfianza de los bolivianos. Excepto los muy blancos y los muy indios, que tienen un lugar claramente definido, todos los demás debemos jugar, todo el tiempo, juegos de roles. Esto nos demanda, por un lado, jactarnos de nuestra propio capital fenotípico (“yo, por si acaso, tengo canas”) y, por el otro, despreciar el fenotipo de los demás (“este es de medio pelo”). En una palabra, nos demanda ser racistas. Necesitamos serlo para conectarnos con el grupo al que aspiramos a pertenecer. Debemos, por ejemplo, convalidar con la risa o el asentimiento los abundantes comentarios y chistes racistas, a fin de evitar “ser antipáticos” ante el grupo. O debemos repetir la forma de trato a los “inferiores” que nuestro grupo considere válida: por ejemplo, tutear a los indígenas, tener criadas, etc.
El racismo sirve para enclasarnos en un grupo. En esa medida, cumple un papel económico y está inscrito en las estructuras de la sociedad. Ayuda a obtener los bienes que es posible capturar a través del grupo: empleos, matrimonios, relaciones políticas y otros. En una sociedad transversalmente racista, la única conducta rentable es ser racista. Lo que hizo Vásquez no fue otra cosa que tratar de rentabilizar su racismo, usándolo para ganarse la simpatía de determinadas clases sociales y evitar que su pasado político fuera cuestionado.
Hasta aquí, todo claro. Sin embargo, simultáneamente, el racismo está mal visto e incluso está prohibido. En la esfera intelectual, “no se puede” hablar de razas y antagonismos raciales, y hay que actuar como si de verdad se creyera que las diferencias entre bolivianos provienen de distinciones étnicas, esto es, puramente culturales. Como si de verdad se creyera, por ejemplo, que un blanco se siente superior a un indígena porque, mientras él le reza a la Virgen María, el indígena cree en la Pachamama.
La superestructura ideológica y normativa que se opone al racismo incluye esta clase de supersticiones, pero sigue siendo un logro civilizatorio. A ella le debemos la expulsión de Vásquez del Ministerio. Constituye el “superyó” social: la autocontención colectiva. El racismo, en cambio, surge del “ello” social, del acervo de pulsiones inconscientes de la población.
El “superyó” mantiene la paz social, evita el caos. Sin embargo —como respecto al individuo enseñó Sigmund Freud—, cuando no existe un “yo” racional que medie entre el “superyó” y el “ello”, el “superyó” puede ser un frágil cascarón, que mantenga su autoridad únicamente en los espacios sociales altamente regulados, como el trabajo o la práctica política, y deje las calles y los hogares librados a la violencia de la neurosis y el trauma.
Fernando Molina, periodista






