Los gobiernos progresistas se extendieron por toda Sudamérica en la década de 2000. Fue la consecuencia inevitable del desastre provocado por las políticas neoliberales, con desigualdades profundas, pequeños empresarios quebrados por la apertura económica radical al mundo, una clase obrera disminuida y desorganizada con el retroceso sufrido por la industrialización y políticos tradicionales que se consumieron en la corrupción. El ciclo económico recesivo de los años 1998-2002, con origen en la crisis financiera asiática, fue la gota que colmó el vaso: produjo una violenta caída del PIB, con aumento de la pobreza y el desempleo.
La emergencia de los gobiernos progresistas alimentó esperanzas de una mejor vida para los pueblos de la región. Sin embargo, las políticas adoptadas por sus gobernantes, más allá de diferencias nacionales, no lograron responder a las demandas de una ciudadanía que había sido duramente golpeada por el neoliberalismo. Ello explica la derrota de Cristina Kirchner en 2015, el golpe blando contra Dilma Rousseff en 2016, y luego contra Evo Morales en 2019. A ello se agrega la traición de Lenín Moreno al proyecto político que inició el presidente Correa en Ecuador, así como la tragedia económica y política que todavía vive Venezuela.
El progresismo no fue capaz de impulsar un proyecto de transformaciones y abrió camino a la derecha.
El principal error de los gobiernos progresistas fue mantener el modelo de crecimiento fundado en la explotación de recursos naturales que es precisamente el fundamento material del neoliberalismo.
El progresismo renunció a la industrialización, obnubilado por los altos precios de las materias primas, y sobre todo porque aceptó la idea dominante que crecimiento y desarrollo son la misma cosa. A diferencia de las izquierdas de los años sesenta, aceptó que nuestras economías fuesen proveedoras de materias primas y alimentos para la industrialización y urbanización china. Así las cosas, sus gobiernos mantuvieron intocado el modelo productivo, impidiendo la diversificación económica, lo que favoreció empleos precarios y bajos salarios.
Ese modelo productivo es el que generó una particular alianza entre los gobiernos progresistas y las corporaciones transnacionales dedicadas a los agronegocios y al extractivismo. Esa misma alianza es la que impidió que se realizaran reformas reales en los sistemas tributarios, fundamento indispensable para el mejoramiento en la distribución del ingreso.
Por otra parte, el triunfo de los gobiernos progresistas tuvo gran apoyo de los movimientos indígenas, ecologistas y feministas, los que mostraron una presencia política destacada en los primeros años. Sin embargo, con el correr del tiempo se desataron fuertes conflictos. Durante el periodo Lula-Rousseff, en Brasil, no se cumplieron los acuerdos programáticos con el mundo rural, y se renunció a la reforma agraria. Se postergó a los trabajadores sin tierra en favor de los productores de madera y soya, quienes expandieron sus negocios con una política gubernamental que les entregó parte de la selva amazónica; en Bolivia existieron serios conflictos con sectores indígenas; y, en Ecuador la relación de Rafael Correa con indígenas y sectores feministas fue extremadamente conflictiva.

Adicionalmente, los gobiernos progresistas se caracterizaron por prácticas personalistas, clientelares, y en varios casos corruptas, generando el rechazo de vastos sectores de la sociedad, lo que fue capitalizado por la derecha. Autoridades de alto nivel han caído en la corrupción o han sido tolerantes con ella, asunto que sorprende a una izquierda histórica intransigente con todo acto corrupto. Hay que agregar que la concentración política, la utilización clientelar del Estado y partidos débiles afectaron el pluralismo y el respeto con las disidencias.
El ciclo del progresismo está terminado. Sin iniciativas de transformación productiva ni políticas sociales universales, el progresismo ha puesto en evidencia que no cuenta con un proyecto propio. Más grave aún es que ha operado políticamente en las cúpulas, distanciándose de los movimientos sociales. Y, cuando no existe un proyecto propio, con arraigo social efectivo, se termina en la corrupción.
() Fragmento del texto original, el cual se lo puede leer en: https://dev-qa.la-razon.com//www.other-news.info/noticias/2020/06/el-fracaso-del-progresismo-en-sudamerica/
Roberto Pizarro Hofer es economista chileno ()






