En el extremo sur del más sureño de los Puentes Trillizos de La Paz, a 200 metros de la residencia presidencial, dos hileras de fachadas de paneles prefabricados de aglomerado crean un barrio improvisado de 20 casas pintadas de colores como para olvidar su existencia de emergencia.

Los habitantes de estos hogares son los damnificados del deslizamiento del martes 30 de abril de 2019, en la zona de Cotahuma (bajo Sopocachi). Aunque hoy muchos recuerdan ese lugar como un exbotadero mal ocupado por oportunistas y usurpadores, para estas familias era un barrio próspero que creció gracias a las obras que el municipio paceño ejecutaba: el tercer Puente Trillizo, la avenida Cotahuma e incluso —todavía tiene— una oficina de la Alcaldía. Un lugar donde, en su calidad de trabajadores, más de 100 familias encontraron terrenos a precios accesibles y donde varios de ellos ya habían cumplido más de una década viviendo allí.
Hoy, unas 20 familias ya cumplieron 13 meses habitando carpas y casas de emergencia. A esta dura situación viene a sumarse un confinamiento obligatorio de más de 70 días sin salir de una casa de 18 m2 (3×6 m). De manera admirable, mantienen una dignidad de hogar a pesar de tener que compartir este espacio hasta entre siete personas (incluyendo cocina e incluso mercadería o herramientas de sus oficios).
Algunos mantienen rutinas estrictas de limpieza, otros se las ingenian para “remodelar” y ampliar un poco su espacio. Ninguno tiene acceso a agua o baño en su casa, para ello la Alcaldía construyó un par de servicios y duchas en un extremo. Algunos deben caminar 50 metros para ir al baño, algo que se complica con niños pequeños y en época de frío.
Por lo menos cuatro de estas casas están ocupadas por adultos mayores de 60 años, quienes crearon en los días de encierro una especie de club de costura. Otras actividades conjuntas de esta comunidad impensada son las rutinas de lavar ropa, donde los chistes y chismes corren como el jabón y las charlas de puerta a puerta, que se volvieron habituales para soportar el hastío y conservar el distanciamiento social.
Entre 55 y 70 casas fueron afectadas por el deslizamiento. Varios de los damnificados recibieron departamentos de la Agencia Estatal de Vivienda. Algunos en El Alto (condominio Wiphala), otros en Mecapaca (al sur de Mallasilla), ambos lugares a unas dos horas en transporte público de Cotahuma.
Quienes siguen en estas casas de emergencia nombran varios motivos: no haber recibido los departamentos del Gobierno, tienen dificultades para trasladar su vida a lugares muy alejados de sus trabajos, otros exigen la expropiación de sus terrenos o volver a ellos. Más de 30 anticresistas tienen su propia lucha para que las entidades nacionales y municipales cumplan su palabra de construirles casas.
Se agradece que el 30 de abril no hubo muertos, pero esta gente perdió sus hogares y vio hundirse sus pertenencias en el barro. Ahora lucha por sobrevivir el día a día, dejar atrás los traumas y terminar con el limbo burocrático de su situación; mientras, como la sociedad misma, busca volver a una normalidad que al parecer ya no será posible.
La vista desde el mirador

Porfirio Torres camina un poco tieso y por eso sus trajines diarios a buscar agua se vuelven algo más trabajosos. “Una hernia de disco mal operada”, explica. Es sábado y él y su familia cumple su rutina de limpieza de casa. “Los sábados movemos todo, porque tuvimos el caso de unos ratones que se entraron y mis hijas ahora tienen miedo”, cuenta mirando a sus hijas con complicidad.
Porfirio usa un sombrero blanco tipo vaquero, está bien afeitado y todos sus movimientos son calmados. Su historia con el deslizamiento empieza cuando, viendo que la Alcaldía estaba construyendo la avenida de Cotahuma, se decidió por comprar un ‘terrenito’ en la zona y construir allí su casa: su obra creció a la par de los Puentes Trillizos y el pavimento. “Trabajé 18 años en una empresa de bioseguridad que terminó quebrando hace tres años, ¿cosas de la vida, no? En ese tiempo terminé de construir la casa, allí se fue toda mi plata, pero vivíamos bien con mi señora y mis dos hijas. Yo ya no encontraba trabajo, así que con mi esposa invertimos para equipar nuestra cocina y tener una pensión. El barrio crecía, había mucha construcción, así que los albañiles y los nuevos vecinos eran nuestros clientes”, recuerda.
Porfirio abandona por un momento la limpieza para ir a charlar a un lugar que a él le gusta frecuentar, sobre todo en estos días de encierro: un mirador detrás de la hilera de casas de emergencia y desde donde se puede ver unas lonas agitadas por el viento y maquinaria que lleva parada ya más de dos meses. Allí también se ve el lugar donde antes estaba su casa y ahora no queda más que un montón de tierra.
“Ese 30 de abril (del 2019) llovió muy fuerte a mediodía, por unos 20 minutos. Yo estaba en mi casa ya preocupado porque la zona de arriba ya se había movido y los habían evacuado. Entonces escuché que tocaban mi puerta y que gritaban que había que salir de inmediato. Yo salí con lo puesto, muy nervioso.
Cuando cruzaba la puerta, ya un oficial me estaba jalando y entonces me acordé de mi perrito que estaba atado atrás. Intenté volver pero el guardia no me dejó. Justo en ese momento, el piso donde había estado parado hace un minuto desapareció y mi casa empezó a quebrarse como galleta”.
A los vecinos que estuvieron en el lugar ese día se les quiebra la voz al recordar. “Yo soy firme para darle fuerza a mi familia, pero es duro haber perdido todo y estar en este limbo sin solución”.
La cuarentena está en su día 60 y a Porfirio le duele contar que sobrevive con ayuda de familiares y conocidos. “Alguna vez yo los ayudé cuando tenía trabajo y casa, ahora es duro tener que ser yo el que pide la ayuda”.
Volviendo hacia sus labores de limpieza, Porfirio saluda a los vecinos que están sentados fuera de sus casas porque adentro el calor sofoca. “Siempre hay peleas, peor con todo el estrés de la pérdida y la situación en la que nos encontramos. Pero esto nos unió también de muchas formas. El golpe de este encierro es duro, es como un doble golpe luego de perderlo todo. Así aprendimos también que entre nosotros nos tenemos que apoyar, que solos nadie nos escucha, pero juntos tendrán que escuchar nuestros reclamos”. Así va caminando Porfirio, un poco tieso, pero avanzando.
La casera del barrio

Bonifacia Copa es una mujer de mirar serio, que mientras realiza sus quehaceres tiene el ceño fruncido y los labios apretados. Sin embargo, al ver que alguien la visita sus ojos se le abren y sonríe con cariño, como recibiendo un alivio a sus días de encierro. Bonifacia tiene algunas canas entre su abundante cabellera y los surcos de su piel denotan sabiduría.
Ella era la ventera del barrio y recuerda que la tienda que tenía en el frente de su casa siempre estaba bien abastecida: “incluso tenía tarjetas de celular, garrafas y artículos de limpieza”, recuerdan los vecinos mientras ella asiente.
De sus 18 m2, un tercio está ocupado por canastos con refrescos, algunos maples de huevos y otros productos sueltos que intenta vender en aquella calle cortada en la que pasan dos o tres personas por hora.
Ella explica que lo poco que tiene todavía es porque sus proveedores le tienen cariño y no la olvidan, pero sabe que su tiendita, así como está, no es sustentable.
“Por falta de clientes y sofocado por la quietud”, su marido no aguantó más y se puso a proyectar una ampliación en lo que ahora consideran su hogar. “Con nuestra platita estamos haciendo una estructura al costado, para tener una mejor ventita y una cocina aparte”, explica Bonifacia. Su marido prefiere no hablar, solo mira de reojo mientras busca en qué ocupar sus manos. La pareja parece tener la necesidad de estar activa. En cada visita, ella se encuentra barriendo la acera, lavando los platos o acomodando los productos de su venta. En la última visita, el marido ya estaba martillando lo que sería el piso de su ampliación.
Ellos tienen la suerte de que su casa se encuentra en uno de los extremos, así que tienen espacio a un costado.
“Él (su esposo) siempre encuentra en qué ocuparse, el encierro en este pequeño espacio es capaz de enloquecerlo a uno si no se hace nada. Yo empecé a tejer. Nos juntamos varias vecinas y así pasamos el tiempo, charlamos y hasta nos pasamos consejos sobre cómo organizar nuestros espacios”, cuenta mientras con su mirada hace un paneo a su reducido espacio.
Paneles prefabricados de aglomerado hacen de paredes, el techo es de calamina y el piso de venestas.
Todas las casas son idénticas, tienen la puerta al medio y una ventana a cada lado de la fachada frontal. Su cama, como la de la mayoría de los vecinos, son dos colchones de paja sobre un par de palets. Su cocina son dos hornallas conectadas a una garrafa “donación de una ONG del extranjero, que además dejaron algunas ollas y utensilios”. Como en todas las casas de los adultos mayores, en la suya hay varios baldes y bañadores donde almacena agua para distintos usos. En ambos costados de su cama se levantan pilas de cajas, ropa, adornos y bolsas con papeles. Al principio parece un exceso, pero al entender que allí están todas las pertenencias de esta pareja, entonces es incluso admirable el orden logrado. “Me la paso acomodando y botando cosas”, suspira Bonifacia.
La pareja asegura que no recibieron el departamento que el Estado había prometido. Ambos dan esa pelea casi por perdida y hablan de ello sin esperanza, parecen resignados a quedarse en esa casa de emergencia por un buen tiempo. “¿A dónde más vamos a ir? Aquí estaba nuestro hogar, aquí vivimos más de 10 años y ahora ya no tenemos nuestra casa, se la llevó la lluvia y la montaña. Mi esposo y yo somos ya mayores, nadie se ocupa de nosotros y no encontraremos trabajo, así que ya estamos rehaciendo nuestra vida, aquí será y ¿quién nos va a sacar?”, dice Bonifacia, que lava platos en una batea fuera de su casa y mira con orgullo a su esposo y otros familiares que realizan las reformas.
Reconstruir casas, e infancias

Una mañana, Marina salió de su casa y se sorprendió al ver una rajadura que iba desde su puerta hasta la acera del frente. “Toda la calle estaba levantada, como partida. Allí empezó mi trajín para que alguien haga algo. Fui a la junta vecinal y me dijeron que era problema menor. Fui a la Subalcaldía y me contestaron que debía contentarme con tener agua y luz. Eso pasó un mes exacto antes del derrumbe”.
Marina está en la mitad de sus treintas. Lleva lentes, mueve las manos al hablar y siempre está erguida. Su mirada se ilumina mientras ve a su hijo de siete años hacer tareas. Ella trabaja hace 18 años en la Armada.
“Desde mis 16 años que tengo ítem en la institución”, dice señalando para arriba, hacia la Escuela Naval Militar que funciona en la punta del cerro que hace sombra a su casa y donde ella trabaja. “Por suerte sigo trabajando. Así que mi situación no es tan crítica como la de los demás. Pero es duro porque tengo que ayudar a mi madre y mis hermanos pequeños”.
Los padres de Marina dejaron Oruro cuando ella era niña y tras un largo peregrinaje por varias localidades de El Alto y La Paz, hallaron una buena oportunidad con unos ‘terrenitos económicos’ y donde la Alcaldía ya tenía el proyecto de pavimentar y urbanizar, así le dijeron al venderle. Allí construyeron su casa y la llenaron con sus siete hijos. Marina es la segunda hija mayor y había construido su propia casa en la misma cuadra que la de sus padres. Ambas edificaciones fueron destruidas ese 30 de abril.
Beatriz, la mamá de Marina, también vive en una casa de emergencia. “Hasta hace poco estábamos mi madre, mis cinco hermanos, mi pareja, mi hijo y yo compartiendo una casita. Aunque mi familia me apoya mucho, era muy estresante y para mí muy doloroso tener que exponer a mi hijo a esta situación. Cuando llegó la cuarentena, quienes tenían algún pariente y pudieron irse a un lugar mejor, lo hicieron. Entonces nosotros pedimos ocupar una de las casas que quedó vacía”, relata Marina con alivio.
Marina sale a trabajar todos los días y deja a su hijo con su abuela. “Yo no le puedo ayudar con las tareas porque no sé leer ni escribir”, explica Beatriz, una señora de pollera celeste, un sombrero blanco de ala ancha y con varios anillos en las manos. Casi todos los 18 m2 de su casa están ocupados por camas, ya que ella habita el espacio con su marido y cinco hijos.
Omar, su hijo adolescente, cuenta que entre varios vecinos ponen cuotas para un servicio de internet que comparten. “Así podemos estudiar, aunque se dificulta porque solo una casa tiene computadora”.
Beatriz, junto con sus hijos, apiló algunas calaminas para construir una precaria cocina. Allí, ella pela los vegetales de la siguiente comida mientras escucha atenta lo que pasa con los niños dentro de la casa. Omar pide permiso para dar una vuelta en su bicicleta y se va mientras los menores dibujan sobre una de las camas.
Marina llega de trabajar, averigua las tareas del colegio y empieza a ayudar a su pequeño con una paciencia que enternece. “Mi hijo va a tener una infancia llena de juegos y aprendizaje. No importa todo lo que tenga que trabajar, yo le voy a dar eso. Ahora sigo pagando el préstamo de mi casa a la mutual con mi trabajo y no tengo la casa. Pero no importa, seguiré trabajando y la volveré a construir. Eso sí, ya perdí todas mis cosas, no me pueden pedir que me vaya y termine de perder hasta el pedazo de tierra que tenía.
Yo no me voy a ir de aquí con las manos vacías. Yo voy a trabajar y reconstruir”, anuncia una firme Marina.
La presidenta del club

De su casa color amarillo sale un vapor con aroma a comida. Allí está ella sentada frente a las hornallas removiendo algo. Primitiva Calli, además de ser la mayor de los vecinos, parece ser la presidenta del club de tejedoras.
Ella se abraza y hace gestos de escalofrío cuando recuerda los meses que pasó viviendo en una carpa luego del derrumbe. También recuerda que pasó semanas enteras con una comida al día y mascando coca para soportar.
Un poco encorvada, sonriente y de movimientos pausados, Primitiva es la imagen viva de una abuelita boliviana. Ella tiene un hijo que vive en Santa Cruz y otro que vive en El Alto: “Ambos ya tienen familias, uno dos hijos y el otro cuatro, yo no quiero ser un estorbo para ellos”, explica. “Ahora estamos mejor, pero el encierro en este pequeño espacio es duro. Hay que buscarse qué hacer, porque si no desespera”.
En un extremo de su casa hay una cama con un par de cosas encima, es de su sobrina, que vive con ella pero por la cuarentena se fue cerca de su trabajo. Al medio, al lado de la puerta, está la pequeña cocina donde prepara su sopa y al otro costado, su cama. Sobre una de las paredes hay varias pertenencias que parecen buscar armar un rompecabezas cuyas piezas se saben incompletas. Primitiva saca bolsas de entre las cajas y muestra el contenido: “Estas son las artesanías que vendo en varias ferias: la que hacen frente al monolito de la universidad, en el Parque Urbano o en El Prado. También tengo ropita de bebé (saca de otra bolsa), esa la tejo yo. Siempre me las busqué y habrá que seguir, solo que con este encierro la vida se pone todavía más dura”.
“A mí me dieron un departamento en El Alto, he pasado unas semanas allí, pero está vacío y no tengo plata para amoblarlo. Yo creo que después de que pase esto de la pandemia me iré a vivir allí. Eso sí, yo necesito seguir teniendo esta casita porque en las ferias en las que vendo termino a las 10 de la noche, y a esa hora no puedo subir hasta allá solita y cargada”.
Los fines de semana, y uno que otro día que se encuentra modos, otra sobrina que tiene le lleva comida y ayuda en lo que Primitiva necesita. Una de las tareas más complicadas es traer agua desde el baño o mantener el orden en un espacio tan reducido. “Cuando estábamos en las carpas me costaba mucho hacer mis trabajitos para vender. No había luz y estábamos incluso más apretados”, recuerda mientras teje en una esquina de su casa. Este día está contenta: tiene un par de pedidos y eso significa algo de dinero para ella.
Las casas de emergencia fueron el trabajo de la Fundación Techo. Al principio, los vecinos se las arreglaron para colgarse del tendido eléctrico para tener luz pero pronto vino la empresa de electrificación e hizo las instalaciones. “La luz nos la cobran, nos instalaron medidores en cada casa. Por suerte una ONG nos donó unos focos de bajo consumo. El agua es una sola cuenta que dividimos entre todos”, explica Primitiva.
“En estos días, a veces sin pensar nos quedamos hasta la madrugada tejiendo. Así pasamos el tiempo; además, cuando tejes no piensas en el frío ni en nada, eso lo aprendí en las ferias donde tengo que estar sentada por horas. Ahora me sirve en la cuarentena”. El grupo de costura le ayuda a desarrollar un pasatiempo que ya ni se acuerda quién le enseñó. “Tejo desde que tengo memoria y así seguiré hasta que se pueda”.






