Cerré los ojos e intenté entrar en su mundo. Caminé ubicándome por los sonidos y los olores, pero no pude dejar de ser una mujer que puede ver entre ellos. ¿Cómo se siente la obscuridad al no ver el mundo?, ¿Cómo se siente este nuevo mundo, si no ves a la gente con barbijos y las calles vacías? Mi nombre es Wara Vargas Lara y he realizado este proyecto gracias al fondo de emergencia de National Geographic Society para apoyar a periodistas de todo el mundo para contar historias dentro de sus comunidades.
“Un hombre que conducía su auto, perdió la vista cuando esperaba el cambio de luz en el semáforo. Se quedó ciego sin explicación. Él era el caso número 0 de una pandemia mundial de ceguera. Los ciegos fueron llevados a un hospital, obligados a estar en cuarentena para no contagiar. Después de mucho tiempo pudieron salir y se dieron cuenta de que el mundo había cambiado, toda la gente estaba ciega”.

Esta es la historia escrita por José Saramago en su libro Ensayo Sobre la Ceguera. Te deja pensando en un posible mundo donde los videntes son los diferentes y los ciegos, la mayoría. La entendí como una metáfora sobre las personas que, de tanto ver, dejan de mirar y sentir el mundo. Prestando atención a cosas frívolas y no a lo más importante, lo que da paz espiritual.
Susi nació prematura y por unos breves momentos, seguramente, vio la imagen borrosa de su madre. Sus primeros meses en el mundo estuvo en una incubadora. Los doctores se dieron cuenta después que la luz de este aparato lentamente la había dejado ciega. Callada me quedé cuando me lo contó y sentí que la luz del mundo había encandilado a Susi cuando nació.

“Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así…”, canta Susi con una gran sonrisa. Es una artista callejera, como muchos de sus amigos novidentes con los que vive en la casa Alfredo Tarifa Sánchez, en la ciudad de La Paz, que alberga a 17 familias de personas que viven con alguna discapacidad visual. Les acompaño en su cuarentena intentando ayudar en lo que podía, y entro a un mundo donde la vista no es necesaria. Lo importante para comunicarse es la voz, los olores y el calor que emiten los cuerpos cuando están cerca.
Si me quedo callada me vuelvo invisible. Es una sensación muy extraña y al mismo tiempo reveladora. Con ellos, me siento libre de un mundo que te valora por tu color de piel o tus rasgos indígenas. Aquí no importa cómo visto, sino lo que digo al hablar.
“No somos diferentes, podemos hacer todo lo que las personas que ven hacen”. Es la voz de Efraín, mi guía desde que inicie las visitas a la casa. Él conoce el espacio más que yo y me dirige para que vea y sienta.

Hoy hay un partido de fútbol, vital para mantenerse ocupados en la cuarentena. El silencio es importante, porque sus oídos guían el cuerpo para sentir la cercanía de la pelota. Los goles rompen el silencio. “¡Por qué no viste la pelota!”, exclama alguien. Todos se ríen y disfrutan el partido.

Los días pasan y hay angustia en la casa, ¿cuándo se volverá a la vida de antes? La ayuda económica y de alimentos pronto se agotará. Ellos sienten de manera diferente las calles vacías y la nueva normalidad. Quién sabe, quizá una nueva normalidad, tal vez los haga más invisibles que antes.

El miedo se contagia visualmente al ver las calles con gente totalmente cubierta. Pero ellos solo escuchan y sienten. No pueden ver cómo se transforma la ciudad.

Salgo de su casa y me encuentro sola en las calles vacías. Vuelvo a mi vida vidente, de imágenes de cementerios, hospitales y gente que publica en las redes sociales sobre sus cuarentenas.

Mis nuevos amigos novidentes no conocen esa obscuridad que ahora invade el mundo, cuando lo que vemos puede cambiar lo que sentimos.






