La noche de la partida. Ana María Romero de Campero era presidenta del Senado cuando emprendió su vuelo sin retorno. Era la noche del 25 de octubre, la recuerdo con nitidez porque era mi décimo día en la dirección de La Razón. La primera trasnochada. Ya tarde llegó a nuestra redacción el dato no confirmado de que doña Anita nos había dejado. Llevaba meses delicada de salud. Tocaba confirmar y trabajar con doble esmero por tratarse de esa irrepetible referencia del periodismo nacional. Su colega más cercana, Ana Benavides, ya tenía el teléfono apagado, esa era nuestra primera confirmación. Periodistas, políticos, autoridades, amigos, obreros, Bolivia toda sintió un doloroso temblor en el pecho en las horas siguientes. Pasaron exactamente 10 años de ese frío 25 de octubre y siguen abiertos los brazos para envolver a una mujer que puso brillo y toma de posición en el periodismo, que dignificó la política, que inventó la Defensoría del Pueblo, que enamoró al pueblo boliviano.
Su camino. De reportera en varios medios y agencias de noticias a columnista de La Razón. De periodista a Directora del periódico católico Presencia. De Ministra de Prensa e Informaciones de Walter Guevara Arce a Presidenta del Senado bajo el gobierno del Movimiento Al Socialismo, después de aceptar una invitación bajo su anuncio imponente de no perder su espíritu crítico con el mundo político. De mediadora en más de un conflicto del país a primera y más querida Defensora del Pueblo. Competente, segura de ella misma, solidaria, profundamente femenina, fuerte como firme, valiente. Ana Benavides me dijo en esos días, con hondo dolor, que la vio partir hacia la cremación tan solita. Nunca sola, Anita, seguimos millones con ella. Y ella nos miró votar millones hace siete días. Nunca sola. Nunca olvidada.
La cueca. No puedo decir que la conocí bien en lo personal. La seguí con atención en sus diferentes facetas y observé sus huellas en la construcción de la historia boliviana en las últimas décadas, como tantos testigos de su paso. Puso en nuestra mesa dignas piezas periodísticas, logró encauzar afiladas tensiones sociales y políticas; inventó un palacio de todos en la Defensoría del Pueblo que después quedó grande para otros; no le tuvo miedo a la política y menos al qué dirán. Una noche de esas, la periodista Sandra Aliaga convocó a algunos amigos para compartir en su casa en honor a Anita. La recuerdo sentada, cómoda, en el sillón. Chimenea al lado. Pide al de la guitarra su cueca favorita, No le digas. Y con luz en su mirada canta: Si te encuentras con la Ninfa, no le digas que he llorado, dile que en los ríos me viste lavando oro para su cofre. Ahí está ella todavía, calentando nuestros corazones.
Mejor claveles. Queda una confesión por hacer. Su florero está en mi escritorio sin ningún permiso de la dueña. Resulta que cuando mi madre se entera de la partida de Anamar, suelta su tristeza con el adiós más sentido. Luego se queda pensando y me comunica su determinación: “Te daré su florero”. ¿Qué florero? Solo entonces me revela que cuando Romero de Campero era directora del periódico Presencia y mi madre tenía una florería en la planta baja de aquel edificio, la pequeña empresaria mandaba rosas todos los lunes a la Dirección. Lo hacía en señal de agradecimiento ya que Presencia encargaba todos sus ramos a la planta baja. Anamar mandó ese entonces a la diminuta casa de flores dos recipientes de vidrio idénticos, hermosos por igual. Los lunes subía uno con las mejores rosas y bajaba el de la semana anterior con las marchitas. Cuando mi madre me contó esta historia se acordó que Romero había sido dulcemente clara cuando le expresó su preferencia: “clavelitos”. Después dejó de ser la Directora y nadie más pidió flores allí arriba y mi madre se quedó con uno de los floreros guardado, a la espera de su dueña. Al enterarse que no lo reclamaría ya, la ex pequeña empresaria decidió dármelo un día después de la irreparable pérdida, yo cumplía 10 días en la dirección de La Razón y me moría de miedo. Antes de que usted lo piense, lo escribiré yo: ni con toda su cristalería en mi poder me atrevería a pensar en tocar los talones de su ímpetu periodístico. Pero me niego rotundamente a devolver el florero porque llegar a mi oficina y verlo con o sin flores a lo largo de esta década, me recuerda ese rostro de madre, me trae esa sonrisa de defensora del pueblo (así, con minúsculas) y me lleva el demonio de la lucha.
Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.






