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El abismo insondable de la vida moderna

La problemática de la depresión en la sociedad contemporánea no puede ser analizada simplemente como una disfunción neuroquímica o un desajuste emocional aislado, se presenta, más bien, como la manifestación clínica de una crisis estructural de significado que atraviesa la sociología de nuestra vida cotidiana. Esta «neurosis noógena», término acuñado por Viktor Frankl en su […]

El poder del voto corporativo en Bolivia
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Por Ricardo Paz Ballivián
La Paz / febrero 22, 2026
en Columnistas, Opinión

La problemática de la depresión en la sociedad contemporánea no puede ser analizada simplemente como una disfunción neuroquímica o un desajuste emocional aislado, se presenta, más bien, como la manifestación clínica de una crisis estructural de significado que atraviesa la sociología de nuestra vida cotidiana.

Esta «neurosis noógena», término acuñado por Viktor Frankl en su obra fundacional El hombre en busca de sentido, describe un vacío existencial que surge no de la carencia de recursos materiales, sino de la ausencia de un propósito que justifique el esfuerzo de vivir.

En las sociedades hiperconectadas del siglo XXI, donde la eficiencia y el consumo han desplazado a los grandes relatos trascendentales, el individuo se encuentra a menudo atrapado en lo que Frankl denominó el «vacío existencial», una condición que precede y alimenta la sintomatología depresiva. La depresión contemporánea es, en gran medida, el resultado de una cultura que prioriza el “cómo” vivir, a través del éxito económico, la estética y la gratificación instantánea, mientras ignora sistemáticamente el “para qué”.

La relevancia de esta perspectiva dentro de la sociología de la vida cotidiana es total, pues la depresión ha dejado de ser una patología de consultorio para convertirse en un fenómeno de masas que refleja la desorientación colectiva. Frankl sostenía que la voluntad de sentido es la fuerza motivacional primaria del ser humano. Cuando esta voluntad se frustra, el vacío resultante se llena con síntomas de agresión, adicción o, más frecuentemente, una melancolía paralizante.

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En la actualidad, el bombardeo de estímulos digitales y la fragmentación de los vínculos sociales han erosionado los espacios de reflexión necesarios para cultivar ese sentido. La vida cotidiana se ha transformado en una sucesión de tareas mecánicas destinadas a satisfacer expectativas externas, lo que genera una desconexión profunda entre la acción diaria y la identidad personal. Como señalaba Frankl, “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”, citando a Nietzsche. Sin embargo, nuestra sociedad parece haber invertido la fórmula, ofreciendo infinitos “cómos” tecnológicos y técnicos, pero dejando al individuo huérfano de un “porqué” sólido.

Esta falta de sentido se manifiesta en lo que muchos sociólogos denominan la “sociedad del cansancio” o la “sociedad del rendimiento”, donde la depresión surge cuando el individuo siente que ya no puede “poder más”. No obstante, la mirada de Frankl añade una capa de profundidad ética: la depresión no es solo agotamiento, es la pérdida de la capacidad de responder a las preguntas que la vida nos plantea. Para Frankl, el sentido no es algo que se inventa, sino algo que se descubre en la realidad, ya sea a través de la creación de una obra, el amor por otro ser o la actitud que se adopta ante un sufrimiento inevitable.

En la sociología contemporánea, la desaparición de estos anclajes, el compromiso comunitario, la contemplación y la aceptación del dolor como parte de la existencia, ha dejado a la psique humana en un estado de intemperie. La depresión se convierte así en el grito de una subjetividad que se niega a ser reducida a un mero engranaje de producción y consumo, reclamando una dimensión espiritual, no necesariamente religiosa, que le devuelva su dignidad.

El énfasis de Frankl en la libertad y la responsabilidad es fundamental para entender por qué la depresión es el desafío crucial de nuestro tiempo. A pesar de los condicionantes biológicos o sociales, el ser humano conserva la “última de las libertades humanas”, la elección de su propia actitud ante cualquier conjunto de circunstancias.

La crisis de salud mental actual revela que hemos construido una estructura social que atenta contra esta capacidad de elección, promoviendo un determinismo que victimiza al sujeto y lo despoja de su agencia. Al abordar la depresión desde la logoterapia, se reconoce que el tratamiento no puede limitarse a la supresión de los síntomas mediante fármacos, sino que debe incluir la reconstrucción de la arquitectura del sentido.

La sociología de la vida cotidiana debe, por tanto, denunciar cómo el ritmo frenético y la banalización de la existencia contribuyen a este desierto interior. Solo recuperando la noción de que la vida es una tarea que nos interpela constantemente, y que la depresión es a menudo una señal de que hemos dejado de escuchar ese llamado, podremos enfrentar la crisis existencial que define a nuestra civilización.

La obra de Frankl sigue siendo un faro necesario que nos recuerda que incluso en el corazón de la angustia más profunda, el ser humano posee la capacidad de encontrar un significado que trascienda su propia miseria, convirtiendo la tragedia en un triunfo del espíritu humano sobre el vacío.

*Es sociólogo

en tendencia: Opinión

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