Cuando Ryszard Kapuściński salió de la Polonia comunista y llegó a la India, comprendió que su visión del mundo estaba mediada por un sistema que controlaba y moldeaba las narrativas. Esa constatación cobra especial vigencia hoy, a partir de una investigación que señala la existencia de una red de expertos denominada «La Compañía», presuntamente vinculada al servicio de inteligencia exterior ruso (SVR) y con base en la República Centroafricana.
De acuerdo con estos reportes, esta estructura habría invertido 7,3 millones de euros en una estrategia de influencia orientada a la desinformación y a la reconfiguración de narrativas en el sur global, incluyendo América Latina y, específicamente, Bolivia, donde se identifican intervenciones por 2.900 dólares. El monto, en sí, es secundario. Lo relevante es el patrón que parece no haber cambiado desde las campañas de la Guerra Fría: la información no solo circula, también se produce y se distribuye bajo lógicas estratégicas.
Ya en el accidente de Chernóbil, el encubrimiento del desastre evidenció un patrón persistente: la información no es neutral, sino estratégicamente administrada, incluso en contextos de crisis donde la imagen del poder prevalece por encima de la seguridad de las personas.
Periodistas ficticios
Esto cobra especial relevancia con lo que surge en el caso argentino, donde, según la investigación, esta red habría operado a través de «periodistas ficticios», presentados como especialistas en medios locales para difundir contenidos. No se trata de una infiltración perfecta, sino de la ausencia de estándares básicos, incluso a nivel empresarial. Aquí el problema ya no es solo la injerencia externa, sino algo más estructural: ni siquiera son medios que publican, son empresas que replican. Y eso no es geopolítica, es un problema básico de oficio. Porque si un contenido puede publicarse sin verificar quién lo firma o de dónde proviene, entonces estamos frente a «medios» o, en realidad, empresas que responden a intereses sin siquiera cumplir lo básico: verificar que quien produce esa información sea mínimamente real.
Es en este punto donde operan mecanismos como el agenda setting y el framing, que no solo determinan qué temas ingresan a la discusión pública, sino también cómo se interpretan, condicionando la percepción de la realidad en función de intereses específicos. Este escenario no es nuevo, ni ha cambiado sustancialmente: en el país, donde uno o dos medios suelen marcar la agenda que luego es replicada por el resto, ya sea consultando a los mismos líderes de opinión o reproduciendo enfoques similares. En términos prácticos, incidir en esos nodos centrales permite irradiar un encuadre que termina amplificándose en todo el ecosistema mediático.
Medios
La teoría de la comunicación lo ha señalado desde distintos enfoques: los medios no operan en condiciones de neutralidad, sino atravesados por intereses, estructuras de poder y marcos ideológicos. En Bolivia, esto se expresa en un ecosistema mediático con líneas editoriales definidas, donde tanto medios estatales como privados se alinean con determinados actores. No es nuevo ni es un secreto; se ha vuelto una práctica que el ciudadano que los consulta asume con resignación.
En el caso boliviano, el informe sitúa operaciones en 2024, con un enviado especial para el país, Sergei Mashkevich, en un año marcado por un intento de golpe de Estado. Al cruzar estos datos con la cronología de los hechos, aparecen coincidencias difíciles de ignorar. Aunque, claro, la coincidencia no es evidencia. Los documentos filtrados, que abarcan de enero a noviembre, señalan que su objetivo en Bolivia era «mitigar los efectos del golpe». En paralelo, el 6 de junio, el presidente Luis Arce se reunió con Vladímir Putin para abordar temas vinculados al litio, incorporando una dimensión geopolítica al contexto.
Versiones
Antes de la irrupción de Zúñiga con el tanque, desde el gobierno ya se había instalado la hipótesis de un golpe impulsado por Estados Unidos, versión que fue rechazada por la representación estadounidense en Bolivia. Sin embargo, la disputa narrativa no se detuvo. Lo que quedó en evidencia fue un terreno de competencia informativa donde distintos actores intentan imponer su interpretación de los hechos. Porque alguien siempre está contando la historia. Y en ese escenario, la pregunta es inevitable: si sabemos que los medios pueden alinearse, omitir o incluso publicar sin verificar del todo sus fuentes, ¿por qué no someter también a este tipo de investigaciones al mismo nivel de duda?
Ahora bien, sería un error reducir estas dinámicas a un solo actor. Estados Unidos también ha construido históricamente su influencia a través del soft power y la disputa narrativa global. El escenario es, en realidad, de competencia, y no todos juegan con las mismas reglas. Y si se observa la región, con un mapa político que tiende a reconfigurarse hacia la derecha, podría argumentarse que, al menos en América Latina, esa influencia sigue teniendo ventaja, más allá de los esfuerzos de otros actores como Rusia. De hecho, las estrategias descritas en estas investigaciones remiten a esquemas propios de la Guerra Fría.
Periodismo e información
En esa línea, vale recordar que ya en la Operation Splinter Factor se planteaba que Occidente habría recurrido a estrategias de desinformación e infiltración para debilitar al bloque comunista. Más allá de lo discutible de esa tesis, sirve para subrayar un punto central: la manipulación informativa no es patrimonio exclusivo de un solo actor.
El problema no es solo el acceso a la información, sino la capacidad de interpretarla. Cuestionar fuentes, encuadres y narrativas no es caer en teorías conspirativas; es, más bien, sostener la duda como herramienta, porque nada de esto es nuevo. Nunca lo fue.
Volviendo a Kapuściński, su lección sigue vigente: el mundo no es homogéneo y el periodista no debe simplificarlo. En un entorno donde en redes sociales puede circular prácticamente cualquier cosa sin ser comprobada, el periodista no puede convertirse en un parlante más. Lo que nos queda como ciudadanos es sostener una duda activa, incluso frente a aquello que se presenta como información verificada, porque la disputa por moldear percepciones y sociedades sigue plenamente vigente.







