Habrá siempre un día después y alguien tendrá que hacerse cargo de los problemas del país en noviembre del próximo año. Las soluciones no serán fáciles, sobre todo en el ámbito económico, particularmente si éstas no van más allá de la actual colección de lugares comunes, consignas ideológicas y falta de ideas sobre el cómo y la secuencia en que podrían ser ejecutadas. Sin claridad política-técnica, contexto ni noción de tiempo, el siguiente gobierno puede fracasar igual que el actual, incluso más rápido.
Convengamos que hay bastante consenso, salvo en el Gobierno que parece seguir en fase de negación, en que el funcionamiento de la economía se está desarreglando. Lo crucial es, sin embargo, entender que esos desequilibrios no se deben únicamente a una gestión coyuntural con errores, sino al agotamiento de algunos de los pilares que la sostuvieron por casi dos decenios.
Frente a esa realidad, hay un primer disenso, varios actores políticos, y no de los menores, piensan que basta con que el actual Gobierno termine su mandato y las soluciones aparecerán por gracia del espíritu santo y la habilidad de algún nuevo o viejo jefazo. Proceso además que se sugiere que no implicará sacrificios ni conflictos.
Por otra parte, están los que anuncian urbi et orbi que el problema es “el modelo” y que hay que abolirlo. Y ahí la frase mágica es “menos Estado” y más específicamente “reducir gasto público”. Para la derecha, esa es la salida: reducimos un 50% el Estado y listo, habrá dólares, los precios no subirán y seremos una nación de emprendedores y potencia turística.
Por supuesto, nadie explica lo que podrían implicar esas reducciones y si son posibles en la práctica. La inflexibilidad estructural del gasto público se les aparecerá tarde o temprano, mostrándoles que salvo que despidas a cantidades de profesores, médicos y militares, reduzcas con hacha la subvención de los hidrocarburos o restrinjas la inversión pública al punto de dejar medio muerta a la actividad, como está pasando en Argentina, esas metas no se lograrán.
Ninguna es una opción sencilla técnicamente, suponiendo además que los afectados acepten su destino con patriótica comprensión. La moto sierra liberaloide suele ser atractiva y hasta audaz, hasta que se la tiene que hacer.
¿Eso quiere decir que no se puede hacer un ajuste en la economía, suponiendo que sea necesario? Por supuesto que no, solo nos sugiere que hay que construir un mandato popular y poder político para tal efecto. Obviamente, esa recomendación vale también para cualquier intento heterodoxo de equilibrar la macroeconomía sin recurrir a brutalidades a lo Milei.
Es asumir que cualquier estrategia de reconducción económica será una ruta conflictiva y llena de obstáculos. Por eso, sorprende la frivolidad con la que muchos tratan la cuestión.
Todo esto, además, en una sociedad que no parece aún tener claridad sobre el escenario al cual está transitando. Basta ver el tenor de los reclamos populares en estos días: lo que se pide son dólares y que los precios no se modifiquen. Es decir, más o menos, que siga el esquema de los últimos 15 años.
Las demagogias de un lado y el otro evitan reflexionar sobre la realidad: que habrá que priorizar y que el retorno a la estabilidad tendrá costos. Tarea profundamente política y que requerirá una potente legitimidad electoral, una enorme capacidad de negociación y mucha claridad sobre a dónde vamos y habilidad para convencer a la sociedad que eso es lo correcto.
Está finalmente la espinosa cuestión de los tiempos, en el corto y mediano plazo el problema de la restricción externa y fiscal seguirá quitando el sueño a los gestores económicos. Adaptarse razonablemente a un tiempo de escasez de divisas y recursos, definir medidas para manejarla, buscar opciones de financiamiento alternativas y al mismo tiempo avanzar hacia un horizonte para su solución de fondo serán temas críticos.
Muchas de esas tareas son urgentes y deberán estar listas para el día siguiente del nuevo mandato. Y paralelamente, se deberá trabajar el largo plazo de la economía: las opciones de crecimiento, el futuro de la economía extractiva o la posibilidad de diversificaciones innovativas. Sabiendo que son dos momentos íntimamente articulados pero diferentes.
Armando Ortuño es investigador social.







