Ninguna semana es tranquila. Sin embargo, eso no tiene nada que ver con la pesca de temas para esta columna quincenal. Y adivinen… Sí, esta A no encuentra un solo tema que prenda el motor al texto de este domingo. El reloj no perdona. Mi editor de Opinión, tampoco. Además, esta A y yo tampoco queremos dejar de cumplir con la tarea de expresarnos en este rincón digital y de papel. Es todo un privilegio el contar con un espacio sin censura para plantear posiciones personales. A buscar un tema, que pasan las horas…
Si nos dejamos guiar por el timón de las preocupaciones, no hay otra que entrar en la maraña económica que está tensionando la situación estructural boliviana y las esquinas íntimas de nuestros bolsillos. ¿Pero qué se puede decir a estas alturas de la incertidumbre? Que las absurdas guerras siguen digitando los precios internacionales, que la fragilidad económica atraviesa todos los mares y voltea casi todas las fronteras, que en nuestro territorio el gas se hizo gas y que habrá que esperar unos cuatro años para volver a cierta bonanza, que llevamos retraso con el litio, que las subvenciones a los hidrocarburos son una espiral a la que ninguno de los últimos gobiernos supo mirar de frente, que las exportaciones siguen en curva, que hay una desafortunada combinación entre dilemas y especulación de la empresa privada y los problemas existenciales estatales en la gestión de la economía, que el Gobierno podría comenzar a generar serenidad tomando la iniciativa para un básico acuerdo político que apacigüe el clima actual, que la falta de dólares afecta no solo a quienes los precisan para pagar fuera de nuestras fronteras sino a la gran parte de la población que se mueve con bolivianos porque los salarios se van achicando mes a mes, que, como dijo el columnista Armando Ortuño, no podemos culpar a la gente de buscar dólares debajo de las piedras porque es el instintivo gesto de sobrevivencia y protección en medio de este tiempo de interrogantes (a propósito, compro dólares a Bs 6,97). Mejor no, no hay grandes novedades en estos temas para los lectores de esta A que, de paso, poco conoce de economía.
Vamos a la política, el gran tema de los bolivianos. La tensión intramasista ya alcanzó el nivel de la Guerra de las Galaxias. Las declaraciones de un ala y otra dejan barriles de tinta para volver a la madre de sus crisis y describir el enojo que siembran en masistas y no masistas porque han puesto a nadar en la gran pecera de los medios tradicionales y redes sus más bajos instintos. La mezquindad política arcista, evista y del resto de las oposiciones de estos tiempos (ampliamente documentada en la serie de terror que se puede ver en cada sesión en la Asamblea Legislativa y con temporadas sin estrenarse todavía) es un tema que da para abordar en esta columna. El problema de este asunto es que está vergonzosamente enganchado al obscuro y autoprorrogado nudo judicial y plantear hipótesis de lectura sin verificables elementos puede llevarnos a especulaciones estériles. Con el factor judicial hay que tener más cuidado que con los policías o los militares. Pero de que huele mal, huele horrible. Y dicen por ahí que las susceptibilidades gubernamentales y su entusiasmo por convencer están en pleno florecimiento. Salgamos de esta florida primavera.
Eureka. ¿Por qué no trasladarse a la apoteósica inauguración de los Juegos Olímpicos en París? Será un buen ejercicio con los adjetivos: desafiante al derrumbar los muros de un estadio, absolutamente francesa porque es la Francia que sí abolió el absolutismo, divinamente provocadora con su versión de la Última Cena al punto que enervó a los doctrinarios de la religión, parisina por dónde se la mire, atrevida al sostener un pico de atención de horas, definitivamente justa al cerrar con el Himno al amor en una poderosa Céline Dion que con lo más profundo de su voz logró un merecidísimo Himno a Edith Piaf, la más parisina del planeta, sencillamente sublime inauguración que ninguna capital europea se atreverá a superar. Mejor no, tengo amigos que me dirán que habló mi debilidad por los franceses; cuando les diga que lo que más aplaudí fue esa rockera interpretación de María Antonieta con su cabeza sobre las faldas, bajo una revolucionaria decoración en rojo, me dirán que tengo vocación de Robespierre. Mejor no meterse en líos.
Dejemos esta semana sin tema, sin título que imaginar. Ya le contará esta A una de vaqueros al editor de Opinión. Un fuerte resfrío por las bajas temperaturas. Que desapareció la columna y no logro recuperarla de mi computadora. Que estoy buscando dólares. Que me encuentro perdida, como dice la metafísica popular. Algo le diré a Miguel.
Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.







