Luego de una lenta y sostenida batalla, el ala arcista del partido de gobierno ha consolidado dos triunfos tácticos: quedarse con la sigla del partido y proscribir a Evo Morales como candidato a la presidencia en la próxima contienda electoral. ¿Esto sella el fin del MAS como articulador del campo progresista? ¿Es la derrota final de un proceso de cambio que construyó y sostuvo su hegemonía durante los últimos 20 años?
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Nada en el escenario político de mediano plazo o las intenciones electorales del corto plazo parecen confirmar esta hipótesis. Tal vez se inicia un periodo lento de descomposición de esa poderosa articulación denominada Movimiento al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos, pero ello no implica que sus diversos componentes sociales estén dispuestos a abandonar el escenario del ejercicio de poder como sujetos protagónicos. Sera difícil que nuevas fórmulas electorales de corte centro derecha logren quedarse con los despojos del MAS, “invitando” a los líderes de expresiones del movimiento obrero, campesino o indígena a salir en la foto. Creo que ejercicios de marketing político como la dupla Goni y Víctor Hugo Cárdenas ya no son posibles.
Entonces, ¿qué queda en el horizonte? Creo que el momento exige recomponer la idea de una izquierda progresista en Bolivia. Y tal vez ello requiera tener el valor de romper con las ruinas del pasado: un caudillismo necio e irresponsable, imposibilitado de ver el mundo más allá de él como único articulador; atrapado en una estrategia fallida y negadora de la realidad y cuyo liderazgo ha sufrido mucho desprestigio. Pero también romper con su sucesor, heredero de la necedad del primero, inmerso en una deriva autoritaria para ocultar su ineficacia en la gestión económica, y buscando encubrir los rumores de corrupción.
En la confusión ideológica de nuestro tiempo, es muy difícil pensar que las narrativas de inclusión social y derechos para todas y todos sean suficientes. Los sectores sociales golpeados por la crisis caen en la resignación, o, cuando las cosas van peor, construyen agendas basadas en sus necesidades prácticas, casi nunca coincidentes, que se alejan de pensar el bien común del Estado. Es necesario también pensar de manera seria en un discurso con fuerza centrípeta para los y las jóvenes que ahora viven en los márgenes del privilegio de clase y cuyo destino parece ser una vida de empleos precarizados. La izquierda en Bolivia está despojada de sentido para muchos y, sin duda, la situación aún puede agravarse con el surgimiento de voces ultraconservadoras que han levantado la cabeza en tiempos inciertos.
¿Es posible entonces volver a los orígenes? ¿Qué es lo que hay que recomponer? Es allí donde hay que poner la mirada atenta y la energía cotidiana. El huracán diario de disputas por los despojos del instrumento político solo densifica la humareda y profundiza un sentido de derrota que paraliza. Al margen de ese torbellino, las personas continúan reconstruyendo su vida cotidiana, huérfanas de esperanza, cansadas de una lucha que siempre parece inacabada.
Son tiempos de mirar con mayor atención la emoción de las personas, que les da sentido a sus afectos, que marca sus fidelidades. La economía tal vez tenga soluciones prácticas y volvamos a tener las certezas que nos acompañaron los últimos 15 años: gasolina en nuestro transporte, carne en nuestro plato, medicinas en las farmacias… pero hay todo un campo que ha sido minado y es la certeza de un futuro posible donde todas las personas vivamos con respeto y dignidad.
(*) Lourdes Montero es cientista social






