Para nadie es un secreto que, en la última década, muchos adjetivos que aluden a quienes optamos por una posición política de izquierda, se han convertido en algo más que una herramienta de intercambio en la conversación pública y han transitado a constituirse en una batería de calificativos despectivos. La alta polarización política de los últimos años sumada a la velocidad y volumen de las construcciones narrativas facilitadas por las tecnologías, han intensificado mucho la batalla política y simbólica de cada día y todo ello desemboca en una ruidosa y continua búsqueda de que toda posición que se encuentre o se asemeje a estar en la izquierda del espectro político sea denigrada.
En este transcurrir de ciclos históricos y políticos atrás quedaron los tiempos en los que la vanguardia de la democratización y el progresismo estaba encabezada por los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI. Y hoy, años después de ese auge, está claro que bastante ha sido añadido a ese relato de desprestigio, gracias las acciones totalitarias de quienes en nombre de la izquierda accedieron al poder democráticamente y que, luego, la han socavado desde dentro. Así las cosas, se libra en Latinoamérica una batalla de sentido dentro de la misma concepción de lo que es la izquierda, con el objetivo de rescatarla del oprobio y restaurarle su sentido real, en lo práctico y lo simbólico.
En ese escenario, las lecciones y el legado que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) le entrega al continente son inconmensurables. Habiendo sido él parte de ese periodo en el que la izquierda continental gozaba de buena prensa incluso a nivel mundial y entregando hace pocos días bastón de mando a su sucesora, además de dejar establecida la organización interna del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) para su fortalecimiento; varias de sus acciones, recompensadas en una popularidad inédita al momento de dejar el cargo, son muy decidoras.
A pesar de todos los aciertos o desaciertos que pueda haber tenido durante su gobierno, AMLO ha demostrado que su paso por la política es un faro que ilumina a las izquierdas democráticas y que debe guiarlas a recuperar las riendas del relato sobre el cuál se las está comprendiendo y postulando en este momento de la historia. Como ha señalado la pensadora Viri Ríos, él terminó su gobierno con más poder que con el que inició. Y, a pesar de ello, supo darle un paso al costado a ese poder de una manera distinta a la vista en las últimas décadas en varios países del continente.
Con su convicción democrática y accionar en la rotación de poder y la alternancia (sin asomarse a los vericuetos legales para modificar lo establecido) AMLO les ha demostrado a los totalitarismos disfrazados de izquierda cómo la democracia no es sólo una herramienta sino un compromiso. Con sus mil cuatrocientas treinta y ocho Mañaneras le ha recordado a toda la comunidad interesada en la Comunicación Política cómo la simpleza de la palabra respecto a la complejidad de la tecnología aún puede ser la innovación más efectiva. Y, a pesar de sus varias contradicciones en temas de género durante su gobierno, él no ha sido un obstáculo para darle paso a sus compañeras de causas para que se batallen sus espacios y consigan, mediante voto, sus lugares en la historia mexicana, como es el caso de Claudia Sheinbaum, presidenta de México; o el caso de su partido (hoy el más grande de México) a la cabeza de Luisa Alcalde. Finalmente, y aunque no es su obra exclusivamente, esa cantidad de poder del que hablamos queda ahora en manos de ellas para que escriban sus propias historias y es ahí donde tocará mirar y acompañar. Buenas noticias: hay lecciones y legado. Y, mejor aún, hay (aún) una izquierda democrática posible en el continente.
Verónica Rocha Fuentes
es comunicadora. Twitter: @verokamchatka






