En una novela escrita en 1947 titulada La Peste, Albert Camus describió proféticamente lo que vivimos con el Covid 19: miedo e impotencia frente a la enfermedad y rabia y desilusión ante la falta de ayuda. Lo redondeó en una sola frase: “la peste se nutre de la indiferencia, la desesperanza y la falta de solidaridad”.
No sé si usted sepa, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) está buscando un mecanismo efectivo, rápido y coordinado, para enfrentar las próximas pandemias, a través de un organismo internacional cuya finalidad sería “ofrecer una mejor protección a las personas, comunidades y países”. Un acuerdo mundial para reforzar la prevención, preparación y respuesta ante las próximas epidemias globales, con igualdad en el acceso a vacunas, diagnósticos, tratamientos, datos genéticos y tecnologías.
Una maravilla. Lo malo es que ya se tardaron 4 años y hasta la fecha no hay nada concreto. Empezaron en noviembre de 2020 y aún no hay un acuerdo definitivo por la reticencia de los países ricos del llamado Norte Global —Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, entre otros— y sus transnacionales de medicamentos, más preocupadas por maximizar sus ganancias que tender la mano a los países pobres del Sur Global. Así, creo que no hay razones para el optimismo.
Lo vimos con la pandemia del SIDA a finales de los años 80. Mientras en los países ricos del norte se distribuían masivamente los fármacos para atacar a la enfermedad, en África morían por miles porque no los tenían. Según la revista científica Nature Portfolio, en total, murieron 12 millones de africanos por falta de tratamiento. En Latinoamérica los medicamentos llegaron a costar 10 mil dólares por paciente. Sólo cuando se autorizó su fabricación genérica los costos bajaron hasta 100 dólares por enfermo.
Esta primera experiencia mundial tendría que haber sido suficiente para crear ese mecanismo internacional que evitara muertes innecesarias y estableciera una distribución más equitativa de medicamentos. Pero no. Ocurrió lo mismo con la pandemia de Covid- 19.
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¿A quiénes se les dio el monopolio de la fabricación de vacunas? A las farmacéuticas transnacionales. Una vez que tuvieron las vacunas, ¿a quiénes se distribuyó primero? A los países ricos. ¿Y dónde murieron masivamente por falta de esas vacunas? En los países pobres. Mientras los gobiernos de los países latinoamericanos desequilibraron sus finanzas públicas para pagar las vacunas, las empresas farmacéuticas transnacionales se hicieron multimillonarias. Pfizer, BioNTech, Moderna, entre otras, ganaron mil dólares por segundo durante la pandemia, según la organización Alianza People’s Vaccine, de la que el movimiento global OXFAM forma parte.
Pero no sólo eso. Estas poderosas empresas pueden frustrar, incluso, intentos de integración latinoamericana para enfrentarlas. En enero del año pasado, gran entusiasmo causó la creación de la primera Agencia de Medicamentos de Latinoamérica y el Caribe (Amlac) que según se informó entonces, garantizaría el acceso a medicamentos de calidad fabricados en la región, para dejar de depender de proveedores externos. Un mecanismo solidario de compra-venta que aseguraría el acceso a vacunas, terapias innovadoras y dispositivos médicos en beneficio de la salud pública de toda la zona. Varios países, entre ellos Bolivia, México y Colombia, signaron el convenio y anunciaron próximas reuniones para concretar el deseo. ¿Qué pasó? Nada. No se ha vuelto a hablar del asunto.
La novela de Camus termina con esta frase: “la bacteria de la peste no muere ni desaparece; puede permanecer durante decenas de años dormida en los muebles y en la ropa; espera pacientemente en las habitaciones, en las bodegas, en las maletas, en los pañuelos y en los papeles. Y llegará un día en que, para desgracia de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Es pues cuestión de tiempo. Pero de que la peste regresará, regresará y nos hallará en las mismas condiciones.
¿Qué hacer? Primero dejar de soñar con esa ilusión que nos quiere vender la OMS y trazar estrategias con base en nuestros propios recursos, como hizo Cuba en la pandemia de Covid 19. Una estrategia tan audaz como inteligente, que, si no nos los cuentan, no lo creeríamos. ¿Quiere saber cómo fue? Se lo contaré en la próxima columna.
Javier Bustillos Zamorano es periodista.







