Una primera conclusión sobre la llamada “Marcha para salvar Bolivia” es que ha demostrado que Evo Morales tiene aún arraigo y poder de convocatoria, aunque genera odios y amores más que antes. Obvio, su caudal histórico se ha reducido debido a la fractura del Movimiento Al Socialismo (MAS).
La segunda responde al propósito de la movilización. Buscaba más que la atención a su pliego de demandas, cual si fuera un sindicato. Sus voceros advirtieron la “caída” del gobierno de Luis Arce o el acortamiento de mandato, como lo anunciaron en el ampliado de Villa Tunari.
Hasta el último discurso, el lunes en La Paz, Morales sostenía la posibilidad: “Si Lucho quiere seguir gobernando, primero, en 24 horas, que cambie a los ministros narcos, corruptos y drogos”.
Sin embargo, ayer reculó y aclaró: Cuando dijimos “cambie ministros para mejorar la gestión, no estamos diciendo ‘fuera Lucho’”.
Tercero. Nunca pudo eludir la marcha su intencionalidad real ante los calificativos de “electoralista” de parte de sus detractores y los voceros del gobierno de Arce: promover y reivindicar la candidatura de Morales para las elecciones de 2025.
El propósito central del ampliado de Villa Tunari fue evitar la “proscripción” del MAS y la “inhabilitación” de Morales. Para eso, apuntó al Tribunal Supremo Electoral (TSE), al que le exigió atender esa demanda en dos de los 16 puntos del pliego: 12) respeto y reconocimiento del TSE al congreso de Lauca Ñ y 13) anular sanción con amonestación grave de manera injustificada.
¿Por qué es crucial Lauca Ñ? Ese congreso fallido declaró “único candidato” del MAS a Morales y lo reeligió como jefe.
Como en la misma marcha, en el mitin del lunes se escuchaba “se siente, se siente, Evo presidente”.
El diálogo es lo que menos importa, cuarta conclusión. El presidente Arce quiso algo así con un furibundo mensaje contra Morales el domingo previo a la marcha. “Si quieres solucionar un problema que tienes conmigo, porque no acepté ser un títere tuyo, ven tú aquí, te espero”, lo desafió.
Luego, en medio de la movilización, la ministra María Nela Prada, invitó públicamente a Morales a un diálogo. El líder del MAS se desentendió y dejó plantado a Arce a sus ministros.
Al contrario, Morales invitó a Arce un diálogo en plena marcha. “Históricamente, tú nunca fuiste a dar encuentro a una marcha para dialogar”, retrucó el lunes el mandatario.
La Defensoría del Pueblo hizo lo que pudo y Morales clausuró la marcha sin avenirse al diálogo, y volvió a su chaco a recargar energías para la siguiente pulseta, quizás un bloqueo de caminos.
Seis. La última pulseta ahondó la fractura en el MAS. El diálogo pudo ser la oportunidad impensable de reconciliación, a pesar de los costos que, a estas alturas de la crisis interna, implica. ¿Habrá un factor dirimidor? Andrónico Rodríguez, apetecido en las organizaciones arcistas, está enclaustrado en su fidelidad con Morales, su mentor.
Finalmente, guerra de mitos y mentiras. No hubo intervención de la marcha, como denunció el evismo. No hubo toma de la plaza Murillo y las instituciones, como denunció el arcismo. La marcha no pidió permiso de El Alto, como advirtió la alcaldesa Eva Copa, y menos hubo “guerra civil”, como auguraban los más radicales del evismo (Ramiro Cucho decía “va a correr sangre”).
¿Dictadura? Imposible de creer de quien encumbró a Arce para las elecciones de 2020.
Rubén Atahuichi es periodista.






