Estamos aceptando como cosa normal, como una estrategia política lícita, o como si fuera una más de nuestras actividades cotidianas, el sitiar o cercar nuestras ciudades. Convencidos de su efecto político y de su contundencia —recordando con nostalgia revoltosa el sitio de la ciudad de La Paz de 1781—, recreamos en pleno siglo XXI este brutal procedimiento como si fuera moneda corriente. Y los medios de comunicación, prestos a generar rating con las acciones políticas más cavernícolas, se ufanan en ser las cajas de resonancia de tan delicado tema. Y digo brutal procedimiento porque así lo definen militares avezados como el coronel de las Fuerzas Aéreas de EEUU Cedric Leighton. Según Leighton, “sitiar a una ciudad es una táctica militar remota que tiene como máximo exponente mitológico el asedio a la ciudad de Troya. En la Segunda Guerra Mundial, muchos ven en la batalla de Estalingrado un tipo de sitio más moderno. La táctica está diseñada para privar de hambre una ciudad adversaria clave o fortificación importante para así lograr su sumisión. Es muy brutal, pero a menudo muy efectiva”. Y remata su sabiduría bélica diciendo: “un asedio exitoso puede asegurar la victoria en una guerra y una defensa triunfante en contra de un cerco puede cambiar el ímpetu de un conflicto armado”.
Es decir, todo lo expresado por ese gringo exhuma barbarie y criminalidad denegando ayuda humanitaria o alimentos a la población civil. Pero, entre los procedimientos militares que se implementan durante las guerras entre países, el sitiar o cercar las ciudades es usual porque para la casta militar la medida de la atrocidad impuesta está en directa proporción a lograr el objetivo militar último: ganar la guerra. Apelo a esta jerga militar porque estamos obnubilados y absortos por una práctica política local que para mi persona es, ni más ni menos, un crimen de lesa humanidad. Es más: no deberían ser titulares de prensa ni estar en las notas televisivas más relevantes.
Según la visión de ciertos estrategas políticos, estamos viviendo un proceso de acumulación de fuerzas, de tensiones y crispamientos que deben resolverse tal como lo dictamina — y sin desvíos posibles— el materialismo histórico y dialéctico: la vía armada, con la que debe desaparecer tu enemigo de clase. Y si a esta lucha de clases sumas una cruzada étnico religiosa, tienes el cóctel perfecto para asemejarte al cerco de la ciudad siria de Madaya de 2016, el cerco militar de 2008 en la ciudad de Culiacán, o a la destrucción sin miramientos de ciudades como Estalingrado, Numancia, Palmira, Varsovia, etc. Todos viejos ejemplos del horror universal que no debemos ni emular ni repetir.
Carlos Villagómez es arquitecto.







