La guerra en Ucrania está escalando de manera peligrosa. Ucrania está avanzando en el campo de batalla y cada vez está más determinada a expulsar al ejército ruso. Mientras tanto, el Kremlin robustece a sus fuerzas diezmadas en el este de Ucrania, ataca con fuerza las ciudades y la infraestructura crítica del país e insinúa que podría usar armas nucleares. Por su parte, Estados Unidos y sus aliados se apresuran a enviar más armas a Ucrania, preparados, como declararon hace poco, las democracias del G7, para “mantenerse firmes con Ucrania durante el tiempo que sea necesario”.
Estados Unidos y sus aliados han hecho bien en ayudar a Ucrania a defenderse y deberían seguir haciéndolo. Pero también han hecho bien en actuar con prudencia para evitar la guerra con Rusia, al no enviar armas de largo alcance, abstenerse de enviar soldados de la OTAN a la zona de conflicto y rechazar la solicitud de Ucrania para que la OTAN imponga una zona de exclusión aérea.
Un conflicto que había sido sobre el futuro de Ucrania, se ha convertido para el presidente Vladimir Putin en una lucha existencial por el futuro de Rusia. Putin está aumentando las apuestas y arrinconándose. En consecuencia, la opción de usar un arma nuclear se vuelve realista si las fuerzas rusas son expulsadas en su totalidad del este de Ucrania y Crimea. Si Putin cruza la línea nuclear, es casi seguro que la OTAN se involucre directamente en la guerra, con la posibilidad de una escalada nuclear.
Estados Unidos y sus aliados también deben preocuparse por la creciente amenaza económica y política que supone una guerra larga para la democracia y la solidaridad en Occidente. Hasta ahora, la comunidad trasatlántica ha demostrado una notable unidad y determinación en el apoyo a Ucrania, pero el poder de resistencia de Occidente puede ser frágil.
Las dislocaciones económicas ocasionadas por la guerra están intensificando las amenazas internas a la democracia occidental y tensionan la solidaridad del apoyo a Ucrania. La inflación creciente y las recesiones que se avecinan tienen el potencial de producir efectos políticos tóxicos.
Más pronto que tarde, Occidente tiene que hacer que Ucrania y Rusia pasen del campo de batalla a la mesa de negociaciones, para mediar un esfuerzo diplomático que ponga fin a la guerra y llegue a un acuerdo territorial. Un posible acuerdo entre Rusia y Ucrania tendría dos componentes principales. Primero, Ucrania tendría que desistir de su intención de ingresar a la OTAN, un objetivo que durante años ha provocado una fuerte oposición rusa. Rusia tiene preocupaciones legítimas de seguridad con respecto a que la OTAN se instale al otro lado de su frontera de 1600 kilómetros con Ucrania. La OTAN puede ser una alianza defensiva, pero aporta un poder militar agregado que Moscú, de manera comprensible, no quiere cerca de su territorio. En segundo lugar, la parte más difícil, Moscú y Kiev tendrían que llegar a un acuerdo territorial.
Aunque es posible que dichas negociaciones no logren un acuerdo de paz, hacer la transición de la guerra a la diplomacia ofrece la esperanza de poner fin a la matanza y la destrucción, contener el creciente riesgo de una guerra más amplia entre Rusia y la OTAN, y reducir el daño a la economía mundial y la resistencia democrática en ambos lados del Atlántico.
Los crecientes riesgos a los que se enfrenta Occidente en Ucrania exigen que Estados Unidos y sus socios de la OTAN se comprometan más en la gestión de la guerra y en la preparación de su final. Desde Vietnam hasta Afganistán e Irak, Estados Unidos ha asumido compromisos estratégicos que no estaban justificados por los intereses en juego. Ayudar a Ucrania a defenderse merece un esfuerzo bastante importante, pero no uno que conduzca a la Tercera Guerra Mundial o fracture la democracia occidental.
Charles A. Kupchan es columnista de The New York Times.







