Ernst Julius Günther Röhm no fue un nazi cualquiera. Fue el cofundador y comandante de la Sturmabteilung, las SA (las tristemente famosas “camisas pardas”, la “Sección de Asalto” del partido nacionalsocialista alemán). Fue también ministro sin cartera del gabinete de Adolf Hitler. Vivió en La Paz entre finales de enero de 1929 y octubre de 1930, casi dos años. El historiador y periodista Robert Brockmann — en su libro Soldado, rebelde y marica: Ernst Röhm en Bolivia— sostiene que los dos únicos personajes de talla mundial que actuaron en la Bolivia del siglo XX fueron el Che Guevara y Röhm. Klaus Barbie no clasifica como figura notoria mundial, por si acaso. De manera atrevida, Brockmann asegura: “si el Che era un Quijote, —romántico pero cruel—, Röhm era un malvado Sancho Panza”.
Ernst Röhm se hace pepa de la política alemana y aparece como instructor de tropa en La Paz a finales del 28. Viene a ganarse las lentejas. ¿Qué hicimos mal para que este personaje eligiera Chuquiago Marka a pesar de sus problemas respiratorios por una herida de guerra en la nariz? Röhm será borrado de la historia tras su “suicidio forzoso” en julio de 1934 (en La noche de los cuchillos largos) a consecuencia de un fracasado complot contra Hitler.
Después de su muerte a los 46 años en la Prisión Stadelheim, los nazis comienzan su arremetida contra las diversidades sexuales. Röhm no era un homosexual cualquiera. Era abierta y públicamente gay y Hitler —al que tuteaba— lo sabía desde los años 20 cuando se hicieron amigos. Un chiste de aquellos años oscuros contaba que Hitler se escandalizó tanto al “enterarse” de la homosexualidad de Röhm tras su muerte que la gente se preguntaba: “¿cómo se va a poner cuando se entere de que Göring es gordo y Goebbels cojea?”.
Marginado en 1925 por el Führer, el muniqués, autocalificado como “monarquista bávaro”, publica antes de llegar a Bolivia su autobiografía: Memorias de un traidor. Ha sido expulsado de la Reichswehr (Fuerzas Armadas) y necesita “conocer mundo, volver a ser soldado y ver a Alemania desde afuera”. Ese afuera se llama La Paz. Una cruel paradoja para el hombre que amaba la guerra y fue padrino de los hijos del ideólogo del Holocausto.
Röhm llega a “La Hoyada” el primer sábado de enero de 1929. El mayor Wilhelm Kaiser, oficial alemán retirado y agregado militar boliviano en Países Bajos, le ha ofrecido laburo. Ganará mil pesos más bonos (el doble que un teniente coronel). Con él viaja nada más y nada menos que el general Hans Kundt para retomar su puesto de Jefe del Estado Mayor del Ejército boliviano. También está en el barco un pintor muniqués de 19 años llamado Martin Schätzl. Es su novio alemán.
Röhm —que se enemista rápidamente con Kundt— vive en la casa de Cipriano del Carpio en la calle Loayza, esquina Camacho. Brockmann especula en su citado libro que pudo haber tomado un cuarto en la misma calle en casa del poeta Franz Tamayo. “Schältz no es homosexual pues prefiere la compañía de mujeres pero al parecer, según se desprende de los escritos del exjefe de la SA, no se hace mayores aspavientos en hacerle el ocasional favor sexual a Röhm” (Brockmann dixit). Aprende castellano rápido (ya sabe francés y latín). No encuentra “su clase de amores” en La Paz (“parece que mis gustos son aquí desconocidos”) hasta que conoce a Alberto Llanque, su novio paceño, trabajador gráfico, su futuro secretario. “Los muchachos, en gran parte acá, son muy guapos”.
Röhm es arrogante, impulsivo y de carácter irascible. No admite un no como respuesta. Y menos en la cama. Tiene ojos verdes y ha adelgazado en La Paz. Luce un bigotito hitleriano a pesar de los pesares. Camina siempre hasta el Estado Mayor en la calle Campero donde funge como comandante del regimiento. En las reuniones con la colonia alemana y sus cuates militares bolivianos, toca al piano viejas baladas románticas de su tierra natal. Alberto Llanque presta su servicio militar en el mismo cuartel. Va a gozar de todo tipo de privilegios (alcanza el grado de sargento en un solo mes) “gracias” a las noches y los placeres compartidos.
Llanque ocupa el lugar del pintor Schältz que en septiembre de 1930 expone paisajes, retratos y estudios arquitectónicos en los salones del Club Bancario, “una honra al arte alemán” (dice su “tío Ernst”). Röhm nunca dejó de utilizar la estrella de seis puntas con corona de laureles, insignia típica del Ejército boliviano, en su uniforme de las SA hasta el día de su muerte. Y nunca olvidó las habilidades amatorias del secretario más hualaycho de su “hermosa Bolivia”.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.







