En el verso 365 de la rapsodia IX de La Odisea, el poema épico de Homero, Odiseo responde al cíclope de la siguiente manera: “¿Preguntas, Cíclope, mi glorioso nombre? Te lo diré, pero tú dame la hospitalidad que acabas de prometerme. Mi nombre es Nadie y Nadie me llaman mi madre, mi padre y todos mis compañeros”. El Cíclope responde a Odiseo, en el verso 370 de la rapsodia IX de la siguiente manera: “A Nadie me lo comeré al último, después de sus compañeros; a los demás antes que a él. Esta será la hospitalidad prometida”. Sin embargo, más adelante en el relato, en el verso 505 de la rapsodia IX, Odiseo vuelve a dirigirse al Cíclope del siguiente modo: “¡Cíclope! Si alguien de los mortales hombres te preguntara por la vergonzosa ceguera de tu ojo, dile que te la hizo Odiseo, el destructor de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca”. Pues, es lógico que entre el verso 365 y el 370, Odiseo aprovechó la borrachera del Cíclope y le clavó, con ayuda de sus compañeros, una estaca de olivo, afilada en la punta. Pero, ¿qué tiene que ver este relato con la inmortalidad?
Veamos otro ejemplo, esta vez en el otro poema épico de Homero, La Ilíada. En el verso 410 de la rapsodia IX de La Ilíada, Aquiles, conversando con Odiseo, le dice a éste: “Mi madre, la diosa Tetis, de los pies de plata, me dice que las parcas, al desenlace de la muerte, de dos maneras llevarme pueden: si me quedo aquí a combatir en torno a la ciudad de Troya, se frustra mi retorno pero mi gloria será imperecedera; si voy a mi casa, a mi amada tierra patria, se frustra para mí la insigne fama, pero larga vida será la mía, y no me encontrará el cumplimiento de la muerte”.
La inmortalidad, nos enseñan los griegos antiguos, se basa en los actos que permiten, a hombres libres e iguales, mostrarse como los mejores, los aristos. No se trata de cualquier acto, sino de actos que se conviertan en hechos grandiosos, históricos, hazañas que sean valoradas no solo por los contemporáneos a ellos, sino por las sociedades futuras. Entonces, Odiseo de ser Nadie, una vez que clava la estaca en el ojo del Cíclope, es Odiseo y su periplo no solo será histórico, sino será recordado, al punto que le dará el nombre al relato de Homero: La Odisea, que narra el retorno de Odiseo a Ítaca con la anuencia de los dioses. Sucede lo mismo con Aquiles, podemos decir que la trama de La Ilíada es el relato de la decisión de Aquiles de participar de la guerra de Troya. Entonces, la inmortalidad griega vincula el nombre con la hazaña. La inmortalidad no es del hombre, sino de sus actos.
En este breve texto usé las versiones al castellano realizadas por el profesor boliviano Mario Frías Infante, quien pasará a la historia por estas hermosas e inmejorables traducciones de La Odisea y La Ilíada.
Farit Rojas T. es docente investigador de la UMSA.







