Cuando la desconfianza se instala en su centro decisorio, cualquier organización está en problemas. Dejar que los malestares persistan, suponiendo que pasaran con el tiempo, suele ser un gran error, vuelven con más fuerza. Hay que decidir y actuar a tiempo. Hoy, el MAS parece estar ante una encrucijada, si no reinventa y formaliza sus mecanismos internos de gobernanza, su horizonte puede pasar de nublado a francamente tormentoso.
Entrar en un festival de declaraciones, recriminaciones y dimes y diretes públicos es la peor manera de procesar las cuestiones de fondo que afectan a la estabilidad decisional del MAS y del Gobierno. Aún más, en estos temas, como en las peleas de pareja o familiares, la hipérbole y la respuesta rápida solo profundizan la desconfianza y erosionan el sentido de cooperación y respeto mínimo que debe primar entre copartidarios para que la acción conjunta pueda funcionar razonablemente. Horadar ese piso de reglas de relacionamiento comunes es riesgoso.
Esos barros venían por el río desde hace mucho y se esperaba que su frágil tranquilización a inicios de este año habría generado tiempo para que sean tratadas con calma. A la vista del espectáculo de estos días, las cosas no solo no se resolvieron, sino que dejarlas ahí macerándose las hizo más intensas e imprevisibles. Las formas de unos y otros en este nuevo episodio, que no brillan por su prudencia, están amplificando las dificultades.
Sin embargo, esos malestares en el oficialismo siguen siendo nomás la demostración de su gran dificultad para adaptarse a la nueva complejidad organizacional y decisional emergente de la reconfiguración del poder que vivieron debido a la ruptura de 2019-2020 y a su sorpresivo retorno al Gobierno.
Son situaciones que no van a pasar, porque son estructurales, su mitigación no es una cuestión de buenas voluntades o de tomarse un tranquilizante, implican enfrentar algunos problemas sustantivos. El primero de ellos es la necesidad de organizar y ordenar institucionalmente la inevitable competencia de intereses y búsqueda de protagonismos de los que se consideran con posibilidades de liderar esa coalición en el futuro y también la manera como se definen, explican y pactan algunas decisiones críticas para la gestión gubernamental y el funcionamiento del partido.
No se trata de volver a ser amigos, los afectos quizás ya no son suficientes, suponiendo que siguen ahí, parece recomendable organizar, poner reglas, al conflicto, consustancial a una organización mastodóntica y diversa. Pero, sobre todo, asumiendo que hoy el juego del poder interno en la tolda azul tiene que ver con las naturales y legítimas ambiciones de algunos de sus personeros asociadas a una mayor influencia de las dirigencias de las organizaciones sociales en sus decisiones y en la repartición del poder. Equilibrar a todo ese pequeño mundo, en una organización informal y poco acostumbrada al orden, es un gran reto.
Lo cual nos lleva al segundo desafío, el oficialismo no puede seguir suponiendo que estar en el poder por más de 14 años no los ha cambiado. Su sentido de cohesión y su crecimiento tienen que ver, por supuesto, con objetivos y proyectos políticos comunes, pero, de igual modo, porque se transformaron en un mecanismo de acceso a recursos y poder. De ahí, que la vigilancia frente a la corrupción y las lógicas de captura de esos espacios por grupos de interés particular no debe ser subestimada, se debería ser implacables cuando aparecen y habría que estar alertas cuando llegan incluso a instrumentalizar las controversias internas para buscar impunidad.
Finalmente, tampoco habría que perder el sentido de las proporciones. Cuidado que la pasión y el tiempo que le dedican las dirigencias a estos menesteres, creyendo que son y serán siempre el hoyo del queque, terminen por desesperar a sus militantes y electores más leales, que no saben obviamente por quién decantarse ante tanta confusión, y sobre todo fastidien a la gran mayoría de ciudadanos independientes y ya desconfiados de la política y los políticos, a los que les importa cuatro centavos estos zafarranchos, ratificándolos en sus prejuicios de que todo está mal en el actual sistema político.
Armando Ortuño Yáñez es investigador social.







