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París en este verano

La canícula imperante hoy en Francia no detuvo el ímpetu de los 80 millones de turistas que —en promedio— visitaban anualmente este maravilloso país, aunque la pandemia del COVID-19 mermó por dos años consecutivos esa cifra. Naturalmente, es la ciudad-luz el punto más alto del destino turístico, pero 2022, por causa del calentamiento global que […]

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Por Carlos Antonio Carrasco
CONJETURAS
La Paz / agosto 6, 2022
en Voces

La canícula imperante hoy en Francia no detuvo el ímpetu de los 80 millones de turistas que —en promedio— visitaban anualmente este maravilloso país, aunque la pandemia del COVID-19 mermó por dos años consecutivos esa cifra. Naturalmente, es la ciudad-luz el punto más alto del destino turístico, pero 2022, por causa del calentamiento global que provoca una dramática sequía, marca la notable diferencia. Como sucede habitualmente, la invasión de vacacionistas americanos es la más notoria en las calles y plazas parisinas y para quienes vivimos alrededor de la Torre Eiffel, el escenario se repite: damas arropadas en ampulosas faldas floreadas, peatones ataviados de camisas hawaianas, calzones cortos, sandalias, anteojos solares y un plano de la ciudad en los dedos. Caminan en pareja, a veces con niños que siguen a sus padres apurados por llegar a sitios marcados tales como museos, iglesias medievales, restaurantes baratos y tiendas repletas de souvenirs coloreados “made in China”. En estos días estivales, la afluencia de jóvenes veinteañeros es manifiesta: rubias, morochas o pelirrojas, con shorts redundantemente cortos exhiben bellas piernas que al llegar irradian esa blancura eclesiástica y al partir un bronceado de tentación infernal. También se encuentra a raudales matrimonios, obviamente jubilados, que agarrados de la mano recorren los monumentos tomándose fotos con el inefable celular como testimonio de haber cumplido el deseo harto acariciado de conocer la legendaria Lutecia, confirmando aquello que decía Oscar Wilde: “La gente buena va al paraíso y los americanos buenos a París”.

Una gentil parejita me abordó y me pidió consejo para programar su estadía limitada a solo siete días en la capital, grave compromiso que pese a mi larga vida parisina aún no completé de conocer todo ese mundo inmenso que es la más bella y enigmática megápolis del planeta. Con riesgo, les adelanté mis prioridades: solo ver y no subir a la Torre Eiffel, caminar por el Trocadero hasta los Campos Elíseos y contemplar el Arco de Triunfo. Almorzar en el restaurant Fouquets y hacer window shopping en las elegantes boutiques aledañas. El segundo día recorrer el Museo del Louvre, saludar a la Mona Lisa y a la Venus de Milo, en la noche concurrir al cabaret del Lido, y sorber una flauta de champán. El tercer día tomar el bus 69 hasta el cementerio de Pere Lachaise y descubrir decenas de notables bajo sus mausoleos y placas, convertidos en polvo, mas tarde tomar el té en Les deux Magots del barrio latino, frente a la iglesia de Saint Germain des Pres y cruzando el Boulevard Saint Michel seguir hasta Notre Dame, en el trayecto comer en un bistró griego de la rue de la Huchette.

El cuarto día, subir por funicular hasta el templo de Sacre Coeur y andar por las callejuelas de Montmartre, saboreando —al paso— alguna crepe bretona, bajar hasta la plaza Pigalle y entrar al show del Moulin Rouge. El quinto día pasear por el Marais, la plaza de Vosges, escudriñar la zona judía, el museo Picasso y tolerar las parejas LGBTQI en profusión que hicieron de ese barrio su favorito bastión. Más tarde revistar la supertienda Samaritana, legendario mega-almacén recientemente renovado. Al caer la tarde ir a la Opera, así sea de visita externa degustando un expreso en el Café de la Paix.

El sexto día, rendir homenaje a Napoleón, en su tumba de Los Inválidos, recorrer el Museo Militar y al salir cerca, atisbar el Museo Rodin. En la tardecita, servirse una sopa de cebolla en el Café La Esplanade rociada de un blanco Sancerre, a pocos pasos, atravesar el hermoso puente Alejandro III y en el Sena abordar un Bateau mouche y navegar por el río, contemplando de noche los monumentos parisinos iluminados.

El último día ir a los bosques de Bolonia, caminar por sus innumerables senderos y rematar en el Pre Catalán, para un almuerzo de calidad. Salir del bosque, antes del anochecer porque la ocupación de mariposas nocturnas en profusión de nacionalidades, gustos y costos, crearán una innecesaria confusión.

Terminar la noche de despedida cenando en el Café La Coupole de Montparnasse, admirando su decoración belle epoque.

Después de esa rapidísima gira, es recomendable reservar sitio en el avión para retornar en la próxima vacación y conocer otras aristas de París.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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