El dibujo es un medio de expresión gráfica muy apreciado en estos lares. La mayoría de los artistas del dibujo destacan por su gran técnica y pericia pero carecen de substancia y de sentido porque privilegian la manualidad sobre la esencialidad artística. Son obras “bonitas” que se fomentan desde una rancia academia con olor a polilla que olvidó lo fundamental: cultivar el espíritu.
Creo que la novela Me llamo Rojo, del turco Orhan Pamuk (Premio Nobel 2006), es una lectura que estimula ese espíritu artístico. La novela relata un crimen que involucra a célebres ilustradores al servicio del Gran Sultán en el siglo XVI. Maestros y discípulos entrelazan sus historias de pasión e intriga con lecciones filosóficas sobre el arte del dibujo, y debaten sobre las pasiones y los anhelos de los artistas. Pamuk pone en boca de esos creadores reflexiones exquisitas, casi místicas, que revelan la pulsión humana de querer reproducir o simbolizar la realidad. Las conversaciones se entrelazan con temas insondables de la estética: el dibujo y el tiempo, el estilo y la firma, la ceguera y la memoria.
En un momento de la trama un ilustrador reflexiona sobre la atemporalidad, un componente imprescindible en las obras trascendentes: “Lo que distingue al auténtico ilustrador de los demás es el tiempo”. Sabemos que ese don —vencer al tiempo con solo arte— es mezquino; muchos dibujan con destreza el mundo exterior o una representación onírica, pero pocos quedan en la memoria universal como los autores anónimos del maravilloso arte rupestre. En otro capítulo, un maestro de esos talleres imperiales define al dibujo como un signo artístico del demonio, y a la firma del artista como una insolencia: “un dibujo perfecto rechaza la firma. Las firmas y el estilo no son sino formas insolentes y estúpidas de presumir de la imperfección”. En ese aforismo, Pamuk evoca nuevamente a las obras de autores desconocidos. Cito un ejemplo maravilloso con sentencia incluida: las llamas de Pultuma en Oruro, cumbre de nuestro arte rupestre. Tú sigue firmando tus dibujos.
En otro momento de la trama, Pamuk describe el clímax de la entrega artística. Los ilustradores del Sultán declaran que gracias a la facultad de la retentiva, cultivada toda una vida, el artista puede dibujar de memoria. Con esa facultad los virtuosos representan con excelsitud el mundo exterior y anhelan, además, el final perfecto: quedarse ciego en la ancianidad. En ese estado de gracia, de profunda introspección y sin el sentido de la vista, el artista traza el mundo y sus personajes. Así dibujó al final de sus días el gran maestro Gil Imaná.
Carlos Villagómez es arquitecto.







