Es un hermoso país, cuna del realismo mágico donde todo parece ser hiperbólico. Desde el premio Nobel Gabriel García Márquez, pasando por el mayor narcotraficante del mundo Pablo Escobar o el legendario combatiente Manuel Marulanda Vélez que lideró la guerrilla más antigua del planeta y murió en su cama a los 78 años, hasta el 19 de junio venidero en que se podría elegir a Rodolfo Hernández como el presidente más viejo de su historia porque llegaría al Palacio de Nariño con 77 otoños patriarcales si logra derrotar a su contrincante Gustavo Petro (62), antiguo guerrillero y exalcalde como él.
Colombia, también presume el récord —en la región— de su democracia centenaria, salvo el interregno (1953-1957) del general Gustavo Rojas Pinilla. Ciertamente que brotes de violencia marcaron con sangre su vida republicana tanto en la arena política como en la contienda protagonizada por los cárteles de la droga, tráfico en el que Colombia además ostenta el triste galardón de ser el proveedor del 70% de la cocaína consumida en el mundo.
Comparto la duda de los 21 millones de la colombianidad que, al depositar su voto, se preguntarán ¿quiénes son realmente los titanes de ese singular duelo?
Copio la impresión de un lúcido analista que los describe así: “Petro, es un populista de izquierda, elocuente, pseudo-intelectual y sofista. Hernández es un populista de derecha, elemental, ramplón y folclórico”. Mejor resumen no podía caber en pocas líneas. Escuché atentamente los discursos de Petro y, efectivamente, tiene lustre de hombre letrado, con ilusiones románticas de implementar, si fuera presidente, la añorada justicia social en un país con evidentes desigualdades. También me divertí siguiendo en vivo y en directo las entrevistas ofrecidas por don Rodolfo Hernández, hábil comunicador, que se exhibe con camisetas informales, usando un léxico callejero con ese universo vocabular al alcance de los millones de votantes que desea conquistar. Genuino self made man, amasó su cuantiosa fortuna con tesonero trabajo construyendo miles de casas para los pobres, pero cobrándoles puntualmente sus créditos otorgados directamente, prescindiendo de los bancos. Su bandera de lucha es el radical combate contra la corrupción y su lema es acabar con los politiqueros a quienes desprecia porque roban los denarios fiscales, sea con la mano izquierda o la derecha. Es el triunfador que aplastó a los partidos tradicionales, con su prédica populista. Y, casi como en Macondo, a quien apostrofan como viejo es hijo predilecto de su madre que, a los 97 años, luce pistola al cinto y corre a pura bala a los bandidos que merodean su finca.
En cambio, Petro fracasó en la lucha armada y su conversión a la democracia le regaló esa tercera oportunidad de pugnar el balotaje definitorio, aunque su oferta electoral solo convence a los conversos a cuyo techo ya llegó, contando con escasas posibilidades de alcanzar la cantidad de votos anhelada. Por ello, quizá consciente de su inminente derrota, Petro propuso a Hernández el pacto de cohabitación, en un gobierno de unidad nacional que, obviamente, el astuto provinciano no aceptó porque sería un amasiato contra natura.
Los cuatro años que le pueden esperar al postulante Hernández no serán fáciles, incluso con el concurso de las mejores personalidades con las que desea gobernar. Desairado Petro en su ofrecimiento nupcial, probablemente fomentará el evidente fermento de descontento social entorpeciendo la gestión de Hernández, quien por añadidura padece de insalvable orfandad parlamentaria.
Por el contrario, la implementación del atrevido programa gubernamental de Petro asustaría al poderoso sector empresarial, columna vertebral de la economía nacional y provocaría fuga de capitales, aumento del desempleo y el asecho del crimen organizado.
Como los colombianos no tienen la flema británica, se excluye aquello de confiar en una “leal oposición al gobierno de Su Majestad”, entonces el retorno a la violencia no puede darse por descontado.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






