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Nombrar la desesperanza

Natalia ha vuelto a La Paz después de 25 años. La ha sobrevolado, de arriba abajo gracias al teleférico y sus líneas de colores. Se ha dado cuenta de que ama el lugar donde nació. Chuquiago Marka la ha deslumbrado. Natalia sabe que su universo y su casa están en México pero cuando sueña, sueña […]

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Por Ricardo Bajo
BAJEZAS
La Paz / junio 15, 2022
en Voces

Natalia ha vuelto a La Paz después de 25 años. La ha sobrevolado, de arriba abajo gracias al teleférico y sus líneas de colores. Se ha dado cuenta de que ama el lugar donde nació. Chuquiago Marka la ha deslumbrado. Natalia sabe que su universo y su casa están en México pero cuando sueña, sueña con la ciudad, el bosquecillo de Los Pinos, la cancha del colegio, las caras conocidas. La Paz es su lugar del inconsciente.

La película que ha hecho Natalia tiene que ver con lo que guardamos en el inconsciente colectivo. Dice que su obra, premiada en el Festival de Berlín con el Oso de Plata, es una vasija. Y esa vasija solo se llenará/ terminará cuando el público la vea, la complete, la charle, la acullique, la comparta. Dice Natalia que cuando acabemos de ver la “peli”, ella se va a quedar a platicar sin prisa. Y nos da un consejo antes de que las luces se apaguen y la obra se incendie: “déjense ir, nos le va a tomar de la mano, les va a decir que caminen solitos”.

Natalia cree que el cine es de ida y vuelta. Sostiene que la literatura crea imágenes y el cine, ideas. Natalia habla de cuerpos cuando habla de cine: “el cuerpo es el único ente que nos conecta. La mente está en otro lado muchas veces pero el cuerpo siempre está acá, por eso el cine es para el cuerpo, es una experiencia corporal”.

Su película no denuncia la violencia despiadada del “narco” en México, no quiere proponer soluciones a esa tragedia compleja que vive el pueblo hermano. Natalia tiene culpa al no poder sentir el dolor gigantesco de las madres de las hijas desaparecidas/ asesinadas. Ese dolor es una herida colectiva/espiritual que no sana.

Cuando el fuego devora todo, cuando las luces se prenden de nuevo tras el último fundido en negro, los espectadores apenas acertamos a aplaudir tímidamente. Estamos todos atenazados por un sentimiento de impotencia. Las mujeres que han ido apareciendo desde el fuera de foco hasta nuestras retinas son de verdad. Su dolor (nos) une. La charla de casi una hora —sin prisas— es una lección magistral de cine. Natalia cree firmemente en las potencialidades (olvidadas) del lenguaje cinematográfico.

Entonces alguien pregunta: ¿cabe o no cabe la esperanza? Natalia que nos ha colocado frente a una película jodida, dice que sí y añade: “La esperanza está en nombrar la desesperanza”. Sostiene que la historia, como los sueños que tiene sobre su ciudad, es cíclica, pendular, no lineal. Natalia cree en el futuro, cree que las cosas en México, en Bolivia, en el mundo pueden cambiar, revertirse. Ahí hay que buscar la esperanza. La cura para esa herida pasa por la recuperación de lo colectivo, por hacer un ejercicio masivo de comunidad, por construir espacios íntimos para digerir lo que nos pasa, por darnos tiempo para asimilar lo ocurrido.

Natalia se siente cómoda en la oscuridad. Dice que la imaginación y los sentidos se encienden en esos espacios oscuros que tan poco nos permitimos en un mundo invadido por el ruido y las luces. Entonces Natalia comienza a hablar de formas y deseos. Y de su oficio, el montaje, que es donde ella pule y pule hasta encontrar esa forma deseada.

Su dedicación al cine es suprema. Su película es una yuxtaposición de cuadros con un sonido conmovedor, un personaje más. Me hace recuerdo a El gran movimiento, a (muchos) ratos Natalia me recuerda a Kiro. En ambos filmes, el (trabajado) sonido nos penetra como experiencia, como vehículo para expresar lo complejo, lo inasible, lo abigarrado, lo indeterminado. Los planos fijos, los planos detalles y el cine concebido/ parido como “arma peligrosa en espíritus libres” (Buñuel dixit) une a Kiro con Natalia, a Natalia con Kiro.

La última pregunta debió ser la primera, es la siguiente: ¿por qué se llama tu película Manto de gemas? Natalia no responde a la primera. Nos habla del proceso de estandarización/ conservadurismo que vivimos en todo el mundo, desde las películas a las series de Netflix. Y entonces es ella la que nos interroga: ¿se han dado cuenta de que las series famosas lo mismo gustan a un chico de 12 años que a una mujer de 80? Solo al final responde: “En el budismo, la realidad es un manto de gemas, en cada una de ellas se reflejan todas las demás”.

Natalia es Natalia López Gallardo, hija del recordado/querido Chichizo y de su madre Eliana. Su película, proyectada la semana pasada en un pase único en la Cinemateca Boliviana, es un llamado a la empatía, a verse todos en el prójimo, como las gemas. Solo así desaparecerán los feminicidios y las masacres de la historia de nuestros pueblos.

Ricardo Bajo H. es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Su twitter es: @RicardoBajo.

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