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Ser ‘q’iwa’ en las vísperas del Censo

En 2021 se estrenó la primera versión española del programa estadounidense RuPaul´s Drag Race. La temporada se hizo popular en nuestro país porque participó Inti, una drag queen boliviana quechua que ha crecido en España. Elle describe la estética de su drag como un estilo indígeno-futurista, explicando que es “cómo se vestiría la gente indígena […]

TRIBUNA
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Por Juan P. Vargas
TRIBUNA
La Paz / mayo 5, 2022
en Voces

En 2021 se estrenó la primera versión española del programa estadounidense RuPaul´s Drag Race. La temporada se hizo popular en nuestro país porque participó Inti, una drag queen boliviana quechua que ha crecido en España. Elle describe la estética de su drag como un estilo indígeno-futurista, explicando que es “cómo se vestiría la gente indígena si siguiésemos vivas”. Si bien su propuesta ha logrado puntos altos, como darle estilo punk a las tullmas o utilizar mantas de chola para hacer un vestido de alta costura, tiene un problema de rigor conceptual: se basa en la idea de que los indígenas han sido exterminados por la colonia y en realidad, la estética del mundo indio sigue viva y continúa evolucionando.

Ahora bien, su imagen nos sirve en las vísperas del Censo para cuestionarnos nuestra identidad. Inti se define como q’iwa, trans, usa el pronombre elle, no ha vivido en Bolivia, no habla quechua ni aymara ni comparte los ritos culturales: la pregunta es si esto impide que se defina como india. Hasta el momento nadie le ha cuestionado su indianidad; sin embargo, en Bolivia sí se ha puesto en duda la identidad de mucha gente por cuestiones similares. Sin ir muy lejos, a Evo Morales se le criticó el no hablar aymara y muchos de sus detractores se valieron de ese hecho para invalidarlo. A otros se les acusa de “falso indio”, “falso indígena” o “disfrazado”.

Esta idea de que para ser indio uno tiene que cumplir ciertos requisitos viene heredada de una concepción decimonónica: la oposición entre civilización y barbarie. Lo civilizado estaría representado en la cultura occidental (tecnología, ciudad, educación, piel blanca) y lo bárbaro estaría en las culturas indígenas (campestres, ignorantes). A partir de este concepto se piensa que para ser indio (o para identificarse como aymara en el Censo) uno tiene que vestir de cierta manera y habitar cierto espacio social: si no se vive de dicha forma, uno es un “falso indio disfrazado”. El problema de esta concepción es que ignora por completo los complejos matices del mestizaje.

La guerra de la independencia logró expulsar a la corona española, pero en el mundo indio la fundación de la República implicó poco o nulo cambio. Desde 1825 el criollo ocupó políticamente el mismo lugar que ocupaba la casta española, para ser desplazado poco a poco por el mestizo, mientras que el indio continuó siendo un subalterno prácticamente en situación de esclavitud. Dado este contexto, es lógico que los indios hayan buscado convertirse en mestizos, es decir, blanquearse: se cambiaron apellidos (de Quispe a Quisbert), se eliminaron formas de vestir y costumbres, se buscaron matrimonios con personas blancas.

Vemos también que, debido a la movilidad social de los últimos años, hoy existen aymaras que han alcanzado un estatus económico muy elevado. Este poder adquisitivo ha logrado que unos reafirmen su cultura en la imagen del aymara platudo capitalista, y ha permitido que otros, debido al nivel económico logrado, puedan desaymarizarse y considerarse mestizos. Esta aspiración sociocultural de blanqueamiento es una cara del mestizaje. En Bolivia el mestizo es alguien que quiere considerarse blanco, pero no puede: todos conocemos personas cuyo único objetivo en la vida es irse de Bolivia, sin importar dónde, escapar del contexto indio que no les permite ser blancos.

Esta aspiración blanca no ha venido por un deseo pacífico, sino como fruto de una violencia social. La mayor parte de los bolivianos somos descendientes de familias indias que han decidido dejar de serlo para que nosotros no vivamos la violencia racista que nuestros antepasados vivieron. ¿Cómo esperamos que nuestros tatarabuelos nos hayan heredado su lengua si a muchos en el colegio los golpeaban cuando se les salía una palabra en aymara? ¿Cómo esperamos que nuestras abuelas nos críen con polleras si a muchas de ellas las han condenado al servicio doméstico por usarlas? Nuestros antepasados no nos heredaron la aymaridad porque quisiesen que dejemos de ser aymaras, sino porque querían que no experimentemos la violencia que vivieron. A ellos nos debemos en el Censo. A ellos les debemos el dejar de definirnos desde la norma blanca de lo mestizo y recuperar la identidad que nos ha sido arrebatada. Habemos aymaras que todavía no hablamos la lengua (pero lo haremos), habemos aymaras trans y homosexuales, habemos aymaras en distintos puestos de trabajo, habemos aymaras en el mundo pues, no nos han exterminado ni lo van a hacer.

Juan P. Vargas es literato.

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