Mantener estables la velocidad, la altura y el rumbo: ese era el mantra para los pilotos estadounidenses que a menudo se encontraban con aviones soviéticos durante la Guerra Fría. Y los soviéticos solían devolver el favor. A pesar de que eran adversarios, acataban un código de conducta tácito, arraigado en unos patrones de conducta predecible. Al acabar el día, todos volvían a casa sanos y salvos.
He estado pensando mucho en este código al ver la guerra desenvolverse en Ucrania. Estoy asombrada con la valentía de los ucranianos. Pero, como historiadora de la Guerra Fría, temo que la invasión rusa, al margen de su resultado, presagie una nueva era de inmensa hostilidad con Moscú, y que esta nueva Guerra Fría sea mucho peor que la primera.
Ese conflicto del siglo XX se caracterizó por querer evitar el enfrentamiento directo entre Occidente y Rusia, lo que en su lugar produjo guerras subsidiarias en terceros países. La desfachatez del presidente Vladimir Putin pone esta práctica en cuestión. Si es lo bastante temerario para pulverizar a los civiles ucranianos y arriesgarse a una rebelión popular, quizá sea lo bastante temerario para provocar a la OTAN.
Tampoco los observadores que están viendo desde lejos cómo se desenvuelve la guerra deberían suponer que no corren peligro. Además de las consecuencias económicas para Occidente —precios del petróleo más altos, una posible estanflación—, podrían darse situaciones peores. Treinta años después del fin de la Guerra Fría, Washington y Moscú siguen controlando más del 90% de las ojivas nucleares del mundo, más que suficiente para arrasar la mayor parte de la vida en la Tierra.
La longevidad de la Guerra Fría también les dio a ambas partes el tiempo y los incentivos para negociar acuerdos de control de armas. Washington y sus aliados establecieron un conjunto de meticulosos acuerdos con Moscú que, a pesar de sus defectos, al menos brindaban previsibilidad y vigilancia, mientras además servían para desarrollar una relación a largo plazo para la gestión del peligro nuclear.
Sin embargo, en los últimos años ambas partes se han deshecho precipitadamente de muchos de esos acuerdos, al considerarlos anticuados y molestosamente restrictivos. El tratado New START es ahora lo único que limita el número y los tipos de armas nucleares de Estados Unidos y Rusia, y expira en 2026, con pocas esperanzas de renovación.
Aunque se consiguiera que Moscú se sentara otra vez a negociar, lo cual parece muy improbable en el futuro cercano, se necesitarían años de minuciosas conversaciones para resucitar esos tratados. Dos de las mayores potencias militares del mundo actúan en un casi total aislamiento mutuo, lo cual es un peligro para todos.
El Presidente ruso ha puesto fin decididamente a la era post Guerra Fría, que se basaba en la suposición de que las grandes guerras territoriales europeas se habían acabado para siempre. A juzgar por su invasión, está sobradamente claro que Putin no va a mantener el equivalente geopolítico de la constancia en la velocidad, la altura y el rumbo. Si sus pilotos, siguiendo su temerario ejemplo, vuelven a virar hacia los aviones de la OTAN o a provocar a cualquiera de sus cuatro miembros que comparten frontera con Ucrania —sea con fanfarronadas o siguiendo órdenes—, podrían arrastrar a Occidente al combate. Y no de forma limitada.
Esta vez, Estados Unidos y sus aliados tendrían que enfrentarse a Rusia junto con las potencias emergentes de China, Irán y Corea del Norte.
Ser historiadora requiere la capacidad de desarrollar un sentido de periodización. Yo siento que termina un periodo. Ahora temo profundamente que la imprudencia de Putin pueda causar que los años transcurridos entre la Guerra Fría y la pandemia de COVID-19 parezcan un periodo feliz para los historiadores futuros, en comparación con lo que vino después. Temo que nosotros mismos acabemos echando de menos la Guerra Fría.
Mary Elise Sarotte es profesora de historia y columnista de The New York Times.







