En 2010, un año después de haberme graduado de la facultad de medicina, ingresé a un pabellón psiquiátrico en el Hospital Bellevue debido a un consumo excesivo de alcohol y Adderall. En mi primer día ahí, estaba listo para reconocer que tenía un problema de adicción. Sin embargo, tras algunos días solo en el pabellón, comencé a llamar a mis amistades en un intento por conseguir que validaran mi cambio de opinión de que mi problema no era tan grave después de todo.
La negación es común en quienes abusan de sustancias. Pero, en mi caso, la idea que tenía de la adicción obraba en mi contra. Pensaba que la adicción era una enfermedad mental extrema, un “padecimiento”, como aprendí en la facultad de medicina y en rehabilitación.
La adicción como una enfermedad tenía sentido para mí al principio, pero pronto me di cuenta de lo dañino que era ese punto de vista.
Las muertes anuales por sobredosis en Estados Unidos llegaron a 100.000, un récord para un solo año, y esa cifra histórica demuestra la insuficiencia de nuestro paradigma de la “adicción como una enfermedad”. Pensar en la adicción como una enfermedad puede hacernos creer que la medicina puede ayudar, pero el lenguaje que usamos para hablar de las enfermedades también simplifica demasiado la historia y conduce a la perspectiva de que la ciencia médica es el mejor y único marco de referencia para entender la adicción. La adicción se convierte en un problema individual, reducido al nivel biológico. Esto limita la visión de un problema complejo que requiere apoyo comunitario y sanación.
Cuando ya llevaba algunos años en recuperación, comencé a estudiar adiccionología. Casi no encontré ayuda en mi campo de estudio, el cual está dividido en escuelas de pensamiento que en ocasiones no concuerdan en cómo funciona la adicción. Por lo tanto, pasé a buscar en la historia, la filosofía y la sociología; la adicción es una idea con una historia larga, complicada y controversial; data de hace más de medio milenio. Esa historia profundizó mi entendimiento de la adicción y contribuyó a que cobraran sentido mis propias experiencias.
Hace alrededor de 500 años, cuando la palabra “addict” (adicto) ingresó al inglés, significaba algo diferente, más parecido a una “fuerte devoción”. Era algo que hacías, en vez de algo que te ocurría. Mis experiencias y las de mis pacientes parecen estar más alineadas con la manera en que escritores de los siglos XVI y XVII describían la adicción: una elección desordenada, decisiones que salían mal.
Benjamin Rush fue famoso por describir la ebriedad habitual como una enfermedad crónica con recaídas. Sin embargo, argumentaba que la medicina solo podía ayudar en parte; reconocía que las políticas sociales y económicas eran factores determinantes en el problema. Fueron los movimientos posteriores contra el consumo de alcohol de las décadas de 1820 y 1830 los que enfatizaron el uso del mismo léxico draconiano que se usaba para las enfermedades al insistir en que las personas con problemas de consumo excesivo de alcohol habían sido dañadas por una especie de biología reduccionista, que el “ron demoniaco” controlaba al individuo, como en una posesión.
Tales narrativas reduccionistas se utilizaron en repetidas ocasiones como justificación para campañas racistas y opresoras en Estados Unidos, contra fumar opio chino a principios del siglo XX y contra el crack en la década de los 80.
No todos los problemas de drogas son problemas de adicción, y en los problemas de drogas influyen en gran medida las injusticias y las desigualdades de salud, como la falta de acceso a trabajos significativos, la inestabilidad de vivienda y la opresión flagrante. La noción de enfermedad oculta esos hechos y limita la visión a respuestas criminales contraproducentes, como establecer medidas prohibicionistas.
En contraste, actualmente, las descripciones de “enfermedad en el cerebro” implican que las personas no tienen capacidad de elección o autocontrol. Esta estrategia busca evocar compasión, pero puede resultar contraproducente.
Ahora estoy agradecido de estar en recuperación de la adicción. He hecho las paces con la idea de que soy el tipo de persona que no debe beber alcohol, al menos por hoy. Pero no necesito considerarla una enfermedad para que sea así. Creo que despertar de una adicción es un gran regalo, porque nos señala el camino de las luchas humanas universales con el autocontrol y la forma de trabajar con nuestro dolor. En ese sentido, la adicción es profundamente común y contigua a todo el sufrimiento humano. No podemos acabar con ella, ciertamente no podemos curarla y la medicina por sí sola nunca nos salvará. Pero si dejamos atrás la idea de la enfermedad y nos abrimos a un panorama más completo de la adicción, podremos encontrar más matices, más atención y más compasión.
Carl Erik Fisher es psiquiatra especializado en adicciones, bioeticista y columnista invitado del New Work Times.







