A medida que se acerca el Carnaval vemos más y más anuncios de las actividades que se están programando para tan esperada festividad. Los municipios y gobernaciones anuncian que activar este feriado es la mejor manera de reactivar la economía en el país y sin dudar todos pensamos que así es y apoyamos esa decisión. Lo mismo sucede cuando nos enteramos de la reactivación de cualquier otro evento que estuvo suspendido o funcionando a medias a causa de la pandemia. No pasa lo mismo con las actividades educativas presenciales, aún escuchamos a las autoridades, representantes de docentes, maestros y padres de familia argüir que no es posible abrir las aulas porque deben cuidar la salud de los estudiantes. De forma enfática los padres dicen que prefieren que sus hijos pasen clases desde sus casas y no verlos en la cama de un hospital.
Detrás de esos argumentos está el engaño en el que preferimos movernos. Multiplicamos todo el esfuerzo para preparar el Carnaval y restamos cualquier trabajo o iniciativa que posibilite que las clases sean presenciales. ¿Cuánto se ha trabajado para que se reacondicionen las aulas? ¿Cuánta voluntad y esfuerzo se necesita para reorganizar la asistencia de alumnos en horarios diferenciados? Muchos colegios privados lo están haciendo desde el año pasado, motivados por el pago de pensiones.
Es cierto que el Ministerio de Educación ha establecido el desarrollo de las clases en tres modalidades: por internet, a distancia y semipresencial. Vemos lo que pasa en los hogares a los que tenemos acceso donde la cotidianidad demuestra que ni maestros ni estudiantes están preparados para desarrollar un verdadero sistema de educación de forma virtual o a distancia. Hay disposición para la reactivación económica, pero no ponemos el mismo esfuerzo ni la misma exigencia en la reactivación educativa y tener clases presenciales lo más pronto posible.
Los dos años que nos paralizó la pandemia están perdidos de forma irrecuperable, teníamos esperanza en este 2022, pero se quebró con las medidas dictadas por el Ministerio de Educación, que parece ignorar la falta de internet, tablets, celulares, computadoras en un gran número de estudiantes. También parece que las autoridades y los padres de familia se hacen de la vista gorda cuando los niños que no van a clases están en las calles en cuanta actividad extraeducativa los convoca, también los más pequeños acompañan a sus padres a fiestas, reuniones o incluso trabajos. Los adolescentes y jóvenes no van a clases pero organizan fiestas, van a eventos en espacios cerrados, con máscara o sin ella y generalmente sin distancia social, pero a clases presenciales no. ¿Cuál es la diferencia? Como siempre, nos autoengañamos.
Lucía Sauma es periodista.







