Continuando los pensamientos de la primera parte, situemos a la descolonización del arte en la estructura mayor que le corresponde: la descolonización cultural y educativa. Pero, ese nivel superestructural (cultura- educación), ha quedado en nuestro medio en simples enunciados. El filósofo Enrique Dussel, en una conferencia prepandemia, criticó al proceso de cambio sobre el fracaso de nuestra revolución educativa. A ese vacío sistémico, imprescindible para liberar lo creativo, debemos sumar las paradojas propias de la artisticidad. Menciono algunas como interrogantes: ¿qué arte se puede descolonizar en un Estado plurinacional que reconoce más de 30 culturas?, ¿el arte “culto” de un pequeño grupo social?, ¿el desbordado arte popular?
Debemos reconocer que el actual proceso ha promulgado leyes para promover múltiples cosmovisiones. Pero también, debemos recordar que este proceso no comenzó a visibilizar a los creadores populares ni tampoco a otros artistas. Ellos, y en anteriores procesos políticos, buscaron caminos para entronizarse en el imaginario colectivo. Valgan dos ejemplos: las culturas originarias y sus potentes proyecciones urbanas, y los movimientos feministas. Estos ejemplos, desde el nacimiento de lo nacional popular, expresaron su creatividad en su ámbito natural: el espacio urbano. Ahí se gestaron las fiestas patronales, alasitas, la nueva arquitectura popular, Mujeres Creando, las performances de la fiesta y la protesta, etc. El arte popular se descolonizó en las calles y no necesitó de espacios institucionales ni de espesas curadurías.
El mencionado filósofo mendocino aboga por un arte representativo del ser social antes que la pura belleza. De acuerdo. Pero nuestra sociedad pluricultural, con su desbordada creatividad, hace mucho que representa ese ser, y supervive tragándose premisas colonialistas con una glotonería tan perversa como única (léase Oswald de Andrade). Por esa asimilación, tan insolente de lo ajeno, nuestras expresiones populares se imponen —inadvertidamente— sobre las experiencias del arte oficial; e incluso diría, superan a escenas artísticas de países vecinos.
Entonces, ¿qué arte debemos descolonizar?, ¿el arte pictórico y escultórico del siglo XX?, ¿de la colonia española? Pensar en un horizonte sensorial tan estrecho es simplemente la revancha de un pequeño grupo contra otro, como diría Fanon: epidérmica. Y es, sobre todo, un desvarío ideológico que no considera la nueva práctica social del arte que va mutando sin cesar adentrándose en aguas inexploradas mientras que la barquita de la academia boliviana del arte sigue errando a pocos metros de la costa.
Carlos Villagómez es arquitecto







