Vivimos un tiempo de torbellinos mediáticos en los que una noticia, usualmente escandalosa, reemplaza a otra en cuestión de horas. La atención de las audiencias se fragmenta y poco a poco se pierde el sentido de muchas situaciones y problemas. Nos indignamos, nos afanamos, por unos días en el mejor de los casos, buscamos soluciones rápidas, pero luego pasamos a otra cosa.
Desde fines del año pasado, la opinión pública ha sido bombardeada con los detalles escabrosos del caso de ítems ‘fantasma’, de los jefes policiales ligados a narcotraficantes, de los disfuncionamientos varios que reveló la tétrica historia del múltiple asesino liberado por la gracia de operadores judiciales y ahora con el retorno de un nuevo episodio del caso de la expresidenta Áñez.
Además de la preocupante sensación de debilidad institucional que está dejando esa secuencia variopinta de escándalos y sucesos escabrosos, llama la atención la manera cómo son manejados por los medios de comunicación, usados por los actores políticos y asumidos por la opinión pública.
Cada uno de ellos desencadena oleadas de información intensa de todo tipo y calidad que apuntan principalmente a exacerbar sentimientos más que a explicarlos. Sobre ellos se producen variopintas declaraciones e intervenciones políticas que los exacerban y prometen soluciones rápidas. Todos opinan, se indignan, reclaman y un largo etcétera. Hasta que aparece otro tema que eclipsa al anterior y genera la misma secuencia de episodios.
Poco a poco, los medios, la gente y los políticos se van olvidando de las cuestiones que estaban en boga hace apenas unas semanas. Pocos reflexionan acerca de su sentido y les hacen seguimiento. Eso sí, queda el mal sabor y la sensación de que todo va mal y no hay solución. Clima social que puede provocar malestar social y desconfianza institucional radical.
Los medios de comunicación debemos asumir nuestra responsabilidad en este panorama. Muchas veces privilegiamos solo la inmediatez de la noticia, en el mejor de los casos, o su sensacionalismo en el peor. Pero no le damos igual importancia a la explicación de su contexto y consecuencias. Sobre todo, nos preocupamos poco del seguimiento de sus derivaciones pasado el shock inicial.
Pero tampoco ayuda la actitud de autoridades, actores políticos y de la propia población que aparecen fascinados y atrapados por esos torbellinos de inmediatez, indignación y respuesta coyuntural desordenada. Los medios tendremos que ir mejorando nuestro trabajo y la sociedad, deberá construir una manera más serena y constructiva de tratar los problemas de la nación.





