El año pasado Bolivia reportó 46 infanticidios, la mayoría cometidos por los progenitores de esos menores que tenían días, meses o pocos años. Fueron víctimas que en su inocencia bebieron confiados el veneno que les dieron en un biberón o una taza pequeña. Otros fueron asfixiados, golpeados brutalmente, estrellados contra la pared. A otros los mató el abandono, encontrados sin vida en basureros cuando los perros ya habían dado cuenta de sus cuerpecitos. Solo el imaginar la soledad y la indefensión de esos pequeños causa estremecimiento. A pesar de ello los casos no paran y, contrariamente, aumenta la crueldad y por supuesto el regodeo de los medios de comunicación que han convertido estas noticias en crónica roja, descarnada, deshumanizada y sobre todo abiertamente morbosa.
Las redes sociales que no tienen ningún reparo en divulgar detalles se ocupan de enviar fotografías o videos que rayan en la obscenidad mostrando golpizas, castigos, insultos o incluso violaciones a menores arguyendo falsamente que lo hacen para “informar” o “alertar” sobre lo que sucede en las ciudades y calles de Bolivia. En realidad lo que logran es naturalizar esos actos, otorgándoles cierto título de hábito social.
Los medios de comunicación, en su afán de no quedar atrás, reproducen masivamente los mensajes, fotografías o videos copiando la morbosidad de las redes sin pensar en el efecto que esos mensajes están causando en las mentes de quienes ven, leen o escuchan sus relatos. Los noticieros de televisión chorrean sangre, así venden más y la fama envuelve a quienes presentan ese tipo de notas. ¿Los comunicadores de los medios, los periodistas, son conscientes de los efectos que causan sus mensajes en las mentes de las personas? ¿Saben que de tanto satisfacer el morbo naturalizan la violencia? ¿Se dan cuenta de que en muchos casos hacen apología del delito?
Sexo, sangre y violencia, la trica perfecta para ganar audiencias, para tener éxito en los medios, para vender mejor y tener publicidad. Tengo confianza en que todavía existen periodistas y comunicadores dispuestos a cambiar esa fórmula infame y están dispuestos a entregar información útil, veraz, que forme opinión sobre cómo mejorar la educación, cómo avanzar en una sociedad más igualitaria, cómo ganar dignidad, cómo ser mejores seres humanos. Tengo fe en que finalmente venza y convenza el periodismo responsable, ese que no tiene como lazarillo a las redes sociales que se dedican a difundir mentiras vaya uno a saber con qué oscuro objetivo. Aún tengo fe.
Lucía Sauma es periodista.







