Más allá de las anteriores experiencias existen otros espacios del mundo del arte extremadamente inasibles, espacios del presente distópico que son impredecibles. Pregunta: ¿cómo descolonizamos lo que se viene?
La triunfante revolución tecnológica ha transformado el arte y sus mercados hacia nuevas formas de elaboración, de autenticidad, pujas, etc. Una nueva categoría de unicidad de la obra (el certificado de propiedad que defiende a los y las artistas) nació en este tiempo. Se crearon los llamados NFT y con ellos los mercados digitales del arte. Ensayaré un resumen de este complejo universo tecnológico.
Las obras creadas por medios digitales circulan por la red sin poder controlar copias o reproducciones que se “bajan” indiscriminadamente de la red. Después de la creación de las criptomonedas como el Bitcoin o el Etheruem nacieron los NFT (tokens no fungibles) que al igual que esas “monedas” usan complejos códigos de encriptación y redes colectivas llamados blockchains. Con este sistema descentralizado, los artistas y coleccionistas tienen ahora el mundo virtual del arte: un espacio de propiedad única; de creación, exposición y venta en la “nube”; democrático y plural, sin necesidad de bancos ni curadores. En los diversos mercados digitales que operan (Opensea, NiftyGateways, H=N, etc.) cualquier persona puede “subir” sus obras (la propiedad de la obra, llamada criptoarte, está defendida por contratos inteligentes aunque se reproduzca mil veces) y entrar a un mercado de compra y venta con criptomonedas. Y cuando digo obras me refiero a todo: dibujos 2D y 3D, pinturas, fotografías, videos, música, selfies, y un larguísimo etcétera. Van tres ejemplos paradigmáticos del nuevo criptoarte: el artista Beeple vendió su colección de dibujos digitales por 69 millones de dólares; el creador del Twitter, Jack Dorsey, vendió el primer tweet de la historia por casi 3 millones de dólares (un simple textito); y un joven de Indonesia vendió sus selfies por 1 millón de dólares (decenas de selfies opas). Dirás que el criptoarte es simple especulación y se esfumará en breve, pues no te creo. Lo mismo me dijeron del Internet en los 90 y mira dónde estamos. Y, hablando de sinsentidos, hasta ahora tampoco me explican por qué el arte sigue vigente desde hace 51.000 años (en la cueva del Unicornio en Alemania).
Tampoco pienses que el criptoarte no tiene cabida en el Kollasuyo. Existen tiktokeras de la marginalidad boliviana que son extraordinarias influencers (con seguidores en todo el mundo) y practican su creatividad más allá del Allaxpacha, Manqhapacha y Akapacha. Y, te aseguro, se están preparando para entrar al Metaverso.
Carlos Villagómez es arquitecto.







