Cuando Mark Zuckerberg anunció el cambio de nombre de Facebook a Meta a finales de octubre pasado en una “carta del fundador”, yo estaba en una videollamada con mi grupo de escritura, hablando de los placeres táctiles de nuestro oficio: los beneficios de escribir a mano, nuestro amor por las hermosas libretas Rhodia, nuestros ejemplos favoritos de páginas manuscritas. Entre los tres tenemos cinco máquinas de escribir y ninguna cuenta de redes sociales. Y allí estábamos en el metaverso, anhelando lo único que no nos puede proporcionar: la experiencia del tacto.
A través de la realidad virtual y aumentada, la tecnología de Meta tiene como objetivo cambiar la forma en que vivimos y en que nos conectamos con amigos y familiares. Excepto que, pese a todo su charloteo sobre unir a las personas, Meta avanza una desconexión humana fundamental: elimina nuestros cuerpos de la ecuación.
Yo, por mi parte, no me entregaré con docilidad al metaverso. No porque esté en contra de la tecnología (no lo estoy) o porque esté irrazonablemente apegada a los placeres de los bolígrafos de tinta de gel y los libros de tapa dura (aunque quizás sí lo estoy). Es porque después de haber luchado contra la anorexia y la bulimia durante más de 20 años, lo último que quiero es una tecnología que me aleje aún más de mi cuerpo.
Meses de encierros, cócteles por Zoom y saludos con el codo nos han dejado en una crisis de tacto. El tacto es fundamental para nuestra humanidad. Es el primer sentido que desarrollamos. Los constructores de mundos virtuales también lo saben y cada vez más están enfrentando la necesidad del tacto y desarrollando nuevas maneras de recrearlo.
Tiffany Field, directora del Instituto de Investigación del Tacto de la Universidad de Miami, ha estudiado el tacto durante más de cuatro décadas. Sus investigaciones revelan la importancia del tacto desde las primeras etapas de la vida humana. El masaje prenatal reduce la posibilidad del bajo peso al nacer (así como de la depresión posparto). Masajear las extremidades de los bebés prematuros con presión moderada los lleva a ganar peso un 47% más rápido. El tacto produce oxitocina, la “hormona del abrazo” que une a los padres con sus recién nacidos durante el “tiempo piel con piel”. La anorexia, el autismo, los dolores de espalda, el cáncer, el síndrome de fatiga crónica, la fibromialgia, la esclerosis múltiple y el trastorno por estrés postraumático responden positivamente al tacto.
Debo admitir que fui aversa al tacto durante la mayor parte de mi vida. Eso cambió cuando tuve un bebé y descubrí cómo el peso de 2,7 kilogramos de mi hijo sobre mi pecho se sentía como el amor más pesado del mundo. No es de extrañar que sea tan importante recrear el primer sentido.
Y aunque la expansión del metaverso podría incentivar a equipos como Facebook AI a desarrollar más simulaciones somatosensoriales, soy escéptica sobre los valores que guiarán su trabajo. Meta es el resultado de la apuesta de Zuckerberg por la “internet personificada”, pero en última instancia es una tecnología que nos mantiene distantes, y nos aleja aún más de nuestros cuerpos y de los demás. Estar desconectada de mi cuerpo alimentó el autodesprecio y el perfeccionismo que facilitaron mi trastorno alimentario. No necesitamos suplir nuestros cuerpos con hologramas y avatares. Necesitamos nutrir nuestro sentido del tacto. Un apretón de manos firme durante la oración antes de una comida, una caricia al perro en el sofá, un abrazo en serio. En otras palabras, las alegrías táctiles de estar vivo.
Joanna Novak es columnista de The New York Times.






