La fiesta de la Alasita, o las Alasitas, como permanentemente exhorta el maestro Ernesto Cavour que se la identifique — porque es un término más dulce— está dentro del calendario festivo y cultural de la ciudad de La Paz como una tradición que con el pasar de los siglos se convirtió en una expresión intercultural, inclusiva e intergeneracional.
La Alasita nos retrotrae a un momento histórico de los paceños: el cerco de la ciudad de La Paz de 1781, cuando las tropas indígenas lideradas por Túpac Katari dejan asediadas y desprovistas de comida a cerca de 20.000 personas. “Un joven indígena enamorado se encarga de proveer los alimentos más básicos: charque, chuño, queso, a su enamorada, que vivía en la ciudad, que a su vez lo comparte con la familia donde trabaja, lo que les permite sobrevivir”. Sofocada la sublevación, este hecho histórico es develado y marca en el imaginario de los paceños esta fiesta como una ritualidad que facilita la reproducción de los alimentos y los deseos de prosperidad.
Es la fiesta del Ekeko, dios de la abundancia, en quien depositamos esperanzas al adquirir miniaturas que después se harán realidad; billetitos del banco de la fortuna, quintalitos de azúcar y harina, casitas y autitos, bienes simbólicos que se espera materializar a lo largo del año.
A mí nunca me falla, por eso le tengo ley y corro desde donde esté a comprar platita de Alasita, como casi todos los paceños y no paceños que salimos a comprar “sagradamente” cada 12 del mediodía del 24 de enero, nuestros sueños.
Muchos eligen estar lo más cerca de la Feria, que ha ido cambiando de lugar a lo largo del tiempo, desde la plaza Murillo, la de San Pedro, o la actual Terminal de Buses de la plaza Antofagasta; la avenida Montes, Tejada Sorzano, hasta llegar a donde se encuentra hoy, el Parque Urbano Central; sin embargo, otros no se hacen problema de acudir a la esquina de su barrio, a una plaza o iglesia para aprovechar en hacer bendecir su compra con la Virgencita de Nuestra Señora de La Paz, que justo celebra su fiesta ese mismo día.
Acorde con los nuevos tiempos, la población ya no se conforma con comprar unos billetitos y la casita de estuco, sino que espera adquirir el carro del año, hecho de latas de leche Nido y una casa tipo “cholet”; bienes materiales que por supuesto no caen del cielo, sino que demandan a la par la superación, constancia y responsabilidad en el trabajo de uno mismo. La famosa ley de la atracción. Por eso el Ekeko exige compromiso y sacrificio. No es nomás hacerle fumar al Ekeko.
La Alasita ha recibido el título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad extendido por la Unesco, no solo por el personaje regordete cargado de productos, sino por “los recorridos rituales en la ciudad de La Paz durante la Alasita”, como fue presentada al mundo.
La enorme feria de la pequeñez se distribuye por sectores: está el de “masitas” con la diminuta y variada oferta de pastelería donde se compra en cartuchos de papel, una docena de pastelitos “borrachitos”, “coquitos” y “buñuelitos”.
En el sector de los billetitos se puede adquirir maletitas repletas de dinero del Banco de la Fortuna, además de diplomitas de profesional de casi todas las universidades existentes, periodiquitos, almanaquitos Argote, “partes” de matrimonio, gallos y gallinas, requeridos como amuletos para catapultar directo al matrimonio.
Los del Sector Decanos, los más antiguos de esta feria, muestran sus artículos “clásicos” que siguen teniendo gran demanda, como ropita para vestir a Barbie y a Ken, a los que se enfunda ropa de moda o complicados disfraces de tobas y ch’utas. También están juguetes tradicionales como la ch’oka y el trompo, la gorra estilo Daniel Boone; el cenicero de la negra, los soldaditos de plomo y el gracioso Quevedo (de la familia de los caganiers españoles) en su sin igual posición.
Quien no disfrutó de la oferta gastronómica de la feria, no sabe de lo que se pierde. Deliciosos falso conejos, “sajta de gallina soltera” como decía La Bolita; un rico y “quemante” api orureño —mezclado—, acompañado de un buñuelo o un pastel, que no es más que una empanada inmensa con un poquitín de queso; están los pacumutus cambas, y los confites potosinos, que demuestran que las Alasitas son punto de encuentro de todas las regiones de la patria.
¿Cómo acompañaron nuestras autoridades la promoción y puesta en valor de esta festividad este año? El Alcalde lamentablemente como acostumbra, ha desentonado. Primero ha pedido a las expositoras del sector masitas que hagan en honor a la fiesta de la miniatura, la torta más grande del mundo para el récord Guinness, cuando lo ideal tendría que haber sido pedir elaborar la tortita más pequeñita. Con la misma ironía, ha recomendado que para el 24 de enero compremos billetitos con anticipación, olvidando que los paceños esperamos con ansias las 12 en punto de ese día, ni un minuto más, ni uno menos, para hacer realidad nuestros sueños.
Empero la vida y nuestros excesos nos ha enviado una pandemia que nos obliga a reflexionar y preservar nuestra salud, por ello no hubo Alasitas el año pasado y hoy la tendremos con restricciones, por nuestra seguridad.
En algo estamos todos de acuerdo: pedirle al Ekeko que no importa que este año no nos conceda los bienes materiales y superficiales a lo que estamos acostumbrados, sino que este 24 de enero, a mediodía, nos dé vida y salud.
Javier Escalier Orihuela es concejal de la ciudad de La Paz.







