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Constancio

Lunes por la tarde. Llegar a casa a las seis y pico tiene un iluminado encanto. ¿Y si vamos a comprar fruta?, le digo a mi hijo. Desde que la pandemia nos encerró, a dos cuadras de nuestro departamento se abrió una pequeña tienda de frutas y verduras. Buenas tardes, señora. Vamos a llevar frutita. […]

La A amante
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Por Claudia Benavente
LA A AMANTE
La Paz / enero 30, 2022
en Voces

Lunes por la tarde. Llegar a casa a las seis y pico tiene un iluminado encanto. ¿Y si vamos a comprar fruta?, le digo a mi hijo. Desde que la pandemia nos encerró, a dos cuadras de nuestro departamento se abrió una pequeña tienda de frutas y verduras. Buenas tardes, señora. Vamos a llevar frutita. Doce plátanos, por favor; seis más verdes y seis amarillos. Y seis manzanas verdes. También duraznos, media docena. ¿Cuánto, su ciruelo? Deme doce. Y una lata de crema de leche. Al volver a casa buscamos pan en la tienda de la esquina y terminamos comprando pan y bebida energizante. Alrededor de sesenta bolivianos, en total. Mi acompañante cargaba la bolsa mientras yo le recordaba que no cualquiera se puede comprar todo eso, como si nada. Nosotros podemos porque hay ahorros y un ingreso mensual. Un privilegio. ¿Cuánta gente sencillamente no puede pagarlo? “Sí, sí, entiendo”, me respondió. ¿Lo entendemos de verdad?

La pandemia nos ha metido en la licuadora del encierro y de la parálisis económica y hoy que sacamos cuentas globales descubrimos con cierta sorpresa que los más ricos salieron más ricos todavía mientras que las y los de abajo salieron más pobres, su salud está menos asegurada y se encuentran más expuestos a la muerte. Recomiendo visitar uno de los últimos trabajos de Oxfam para dimensionar este desastre.

El informe que lanzaron hace poco más de una semana documenta el problema de la desigualdad en el mundo. La pandemia desató una multiplicación sin piedad de las diferencias entre unos pocos y el resto. Los hombres (sí, todos hombres) más adinerados están todavía más por encima del resto de la población en el mundo; han aumentado su riqueza mientras el resto se ha hecho más pobre. El sistema global que dirige los vientos favorece la desigualdad y la concentración de capitales, confirman los expertos de este informe. Los gobiernos de países “desarrollados” han inyectado enormes cantidades de recursos para que las economías no mueran; lo propio en los sectores financieros. Sin embargo, en lugar de beneficiar al conjunto de la población, esta fórmula derivó sin control en engordar las fortunas de los más ricos. La organización del trabajo y la distribución de la propiedad tiende a jugar sin reglas y parece que las políticas públicas en las últimas décadas no han sido suficientemente redistributivas. Concretamente: se han alterado los mecanismos de acumulación y redistribución de la riqueza de los hogares; se ha sufrido el impacto de la disminución de ingresos laborales; también han sido afectados en la desacumulación de activos financieros y no financieros. Los que menos tienen se han visto obligados a vender cuando no a prestarse de familiares o cercanos. Me explicaron tres investigadores de Oxfam, en el programa Piedra, papel y tinta, que los países con más facilidad para obtener vacunas, para inyectar recursos públicos económicos se han posicionado en gran ventaja respecto de América Latina. El Fondo Monetario ya advirtió sobre una recuperación dispareja. Si sumamos las débiles redes de protección social en nuestros países, los mecanismos de especulación y abuso, el temor colectivo, el resultado es un cóctel explosivo en nuestro bienestar.

Comiendo este último durazno que compré sin dificultad y sin remordimiento, pongo sobre esta mesa de papel periódico la interrogante: ¿qué es peor: ser muy pobre o ser muy rico? La pobreza nos amputa derechos: el de la salud, el de la alimentación, el de la educación, el de la fiesta. La pobreza nos pone desnudos frente a la adversidad. La pobreza nos angustia porque no podemos dar a nuestros hijos lo que se merecen. Sin embargo, la concentración de riqueza en los niveles obscenos que hoy presenta este tiempo de pandemia debe ser tan angustiante como la escasez. Cuando todo el dinero que podemos imaginar cubre generosamente nuestras necesidades y cada uno de nuestros antojos y da comodidad a los nuestros y asegura nuestro futuro con cuentas bancarias sin límites de ceros y nos da propiedades y viajes y yates y joyas y autos y aviones y caballos y playas y copas de colores y cirugías estéticas y portadas en revistas y acciones en las grandes empresas y clubes de fútbol y fiestas y castillos y hectáreas y hectáreas de tierra y las mejores botellas de vino y, de pronto, nos acordamos de la fragilidad de nuestro cuerpo, de la certeza de nuestra muerte, nos tiene que asaltar el más peligroso de los miedos. Yo paso.

Édgar Arandia, uno de los mejores lectores de la vida que conozco y admiro, me regaló en esta semana alasitera mi primer Ekeko. Lo llamaré Constancio. Y le pediré que me ayude a mirar lo esencial y me dé herramientas de trabajo para lograrlo y cuidarlo. Le pediré que traiga abundancia y, como hizo en sus orígenes, sepa distribuirla.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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