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El final del MIR I (1971-1984)

Lo más valorable en la generación mirista fue “el espíritu mirista”, ese ímpetu de juventud que contemplaba un trabajo colectivo, en equipo, con solidaridad, compañerismo —hasta equiparar una familia—, con inteligencia y sobre todo valentía (sabiendo que cada día quizás era el último, porque la represión dictatorial no tenía tregua). Ese espíritu llevó a ofrendar […]

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Por Claudia Miranda Díaz
TRIBUNA
La Paz / abril 1, 2022
en Voces

Lo más valorable en la generación mirista fue “el espíritu mirista”, ese ímpetu de juventud que contemplaba un trabajo colectivo, en equipo, con solidaridad, compañerismo —hasta equiparar una familia—, con inteligencia y sobre todo valentía (sabiendo que cada día quizás era el último, porque la represión dictatorial no tenía tregua). Ese espíritu llevó a ofrendar su vida a millares de personas, con su muerte o su entrega total, que no les permitió alcanzar una profesión o formar una familia —la militancia era de tiempo completo—. Significaba luchar por un ideal, con desinterés personal, no existía opción salarial (el MIR no estaba en el gobierno); ni alternativa de figurar, el trabajo era oculto, clandestino, era mejor que el entorno ni se percatara de la acción política realizada porque peligraba la vida de uno y la de su familia. Era dar la vida entera por un proyecto político en bien de la sociedad en su conjunto.

Todo militante mirista debía pertenecer a “una célula”, el trabajo celular era el motor principal del MIR. Una célula constaba máximo de cuatro personas (por seguridad), respondía a un nivel de organización sectorial: obrero (minero, fabril, etc.); campesino (por zona geográfica); universitario (por carrera); estudiantil (por colegio); barrial, profesional (por área); magisterio; mujeres; especiales (por rubro específico). De esa forma se cubría todo el territorio nacional: oriente y occidente, urbano y rural, y por sectores.

La célula se reunía semanalmente (en clandestinidad), tenía un responsable de célula, que dirigía la reunión con un orden del día, invariable: 1) información política del responsable de célula, que venía desde la dirección nacional; 2) análisis de coyuntura sobre el estado de la situación política nacional e internacional, y sus proyecciones; 3) evaluación de las tareas realizadas; 4) planificación de actividades, de propaganda; 5) formación política. No existían feriados, ni fines de semana, el trabajo político en todas sus facetas era cotidiano.

Las asambleas: obreras, universitarias, solían ser debates de todas las tendencias políticas de izquierda (la derecha no tenía organización política); asistir a una asamblea era como participar de un curso de formación política. Las mujeres organizadas en un frente de masas hicieron un aporte sustancial a la lucha por alcanzar equidad de género (el MIR fue el único partido que tuvo en su estructura orgánica una instancia para trabajar el tema de discriminación de género en tiempos tempranos, década de los 80).

Además de los militantes agrupados en células, existían “los casi-mires” que apoyaban todas las actividades partidarias, sin pertenecer a una célula; también estaban “los simpatizantes” que colaboraban con el accionar mirista (especialmente brindando casas de seguridad para los “clandestinos”). Toda esta estructura le permitió al MIR copar direcciones estudiantiles, universitarias, obreras, campesinas, tanto a nivel regional como nacional, de ahí se forjaron liderazgos sectoriales, regionales y nacionales. El MIR tenía dirección colectiva nacional y regional; en el periodo referido (1971-1984) tuvo seis Direcciones Nacionales Clandestinas (DNC) que fueron perseguidas, torturadas, exiliadas y/o asesinadas.

El MIR, como partido marxista-leninista, practicaba la unidad de la teoría con la práctica política; la teoría sirve para interpretar la realidad, y la práctica para transformarla; ambas siempre deben ir juntas, lo contrario implicaría contar con “teóricos” o “activistas”. Esto el MIR lo tuvo presente en todo momento, por esta razón todos sus militantes, a través de las células, estudiaban teoría política y delineaban su acción política, en un proceso de autoformación al que se acompañaba la información y el análisis político que llegaba desde la Dirección Nacional Clandestina mediante “los cicones y los miristas”; el periódico Bolivia Libre llevaba la línea política mirista hacia militantes, casimires, simpatizantes y población en general. A esos documentos se sumaban las publicaciones de los frentes de masas (sectoriales); los documentos se copiaban en extensil (no eran tiempos de fotocopiadora, había que transcribir los documentos). La reflexión política se daba por medio de los análisis de coyuntura.

¿Qué pasó con el MIR? Les invito a leer la segunda parte.

Claudia Miranda Díaz es economista y auditora.

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