El mes pasado, en mi calidad de director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África, pedí que se aplazaran temporalmente las donaciones de vacunas contra el COVID-19 a África hasta los trimestres tercero y cuarto del año. Ahora mismo, la necesidad más acuciante de África es administrar las vacunas que tenemos a las personas que quieren vacunarse. África tiene un plan sólido para lidiar con el COVID-19, y las muy esperadas donaciones de vacunas son vitales para ese objetivo. Pero necesitamos que el mundo entienda mejor las necesidades sanitarias del continente. Solo el 15% de la población de África está completamente vacunada. Debido a esto, la trayectoria de la pandemia en el continente sigue siendo impredecible e incierta.
Los países africanos han sido resistentes en su lucha contra la pandemia hasta la fecha, y también estamos trabajando en una estrategia para acabar con la emergencia por COVID-19 en 2022. Los gobiernos deben comprometerse a alcanzar unas tasas de vacunación superiores al 70% en sus países para finales de este año.
Para que las campañas de vacunación funcionen, la donación de vacunas debe ser coordinada con Covax o con las iniciativas del Equipo de Adquisición de Vacunas para África, y asegurar así que los países africanos no se vean desbordados. Si hay demasiadas vacunas sin una infraestructura o coordinación para distribuirlas, podrían caducar. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África anunciaron recientemente la puesta en marcha de una Asociación para la Fabricación de Vacunas de África, que proporciona un marco para que el continente pueda fabricar localmente el 60% de sus vacunas para 2040.
A medida que sigan llegando vacunas, los dirigentes de los países africanos tendrán que proceder a distribuirlas: a conseguir vacunar a la gente. Los países también deberían aprovechar la infraestructura sanitaria global ya utilizada con eficacia frente al VIH/sida. Otro objetivo es ampliar la rápida disponibilidad de pruebas de antígenos domésticos, de modo que al menos 200 millones de personas puedan acceder a ellas antes de acabar este año. La vigilancia y monitorización de las variantes sigue siendo fundamental, como lo es promover medidas como el uso de mascarillas cuando el número de casos es alto. Por último, en muchos hogares de África, la pandemia ha generado una especie de tormenta perfecta para la salud mental, el estrés, la incertidumbre económica y el aislamiento social. Esto ha dado lugar al maltrato doméstico de familiares o parejas, y un aumento del consumo de alcohol y sustancias. Para África es urgente abordar las consecuencias de los confinamientos, mediante esfuerzos como el establecimiento de servicios de terapia locales.
La comunidad global debe actuar de forma colectiva y decidida para controlar la pandemia de COVID- 19 en África. De lo contrario, el creciente optimismo que siente la gente al ir volviendo a la normalidad podría verse comprometido por el surgimiento de nuevas variantes en otros lugares con una vacunación limitada. Esta pandemia ha demostrado que nuestra interconexión y vulnerabilidad son mucho mayores de lo que muchos pensaban, y que permitir que persistan las desigualdades en la salud es un riesgo demasiado alto. Ahora debemos salir de esta pandemia todos juntos.
John Nkengasong es director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África. Es columnista de The New York Times.







