La relación entre la ciudad y el cine es íntima y de larga data. De la unión entre la obra cultural más importante del hombre y el arte urbano por excelencia, germinaron obras cinematográficas de gran valor estético. La primera criatura Lumiére nació con las primeras imágenes en movimiento de una ciudad: Lyon. En ese cortometraje fundacional se retrataba a la clase obrera, urbanitas desplazados, saliendo del equipamiento urbano más sucio y despótico: la fábrica.
La ciudad de La Paz es una marmita cultural que hierve con fuegos dignos de pertenecer a los anales de lo extravagante, y ese perol ha inspirado obras maestras de la cinematografía boliviana: La nación clandestina, Chuquiago y El gran movimiento, por citar las más relevantes. Todas ellas le deben a la potencia de la ciudad mucho de su éxito ético y estético. La Paz, cinematográficamente hablando, es un sujeto/ objeto colmado de narrativas latentes que incitan a su usufructo. No existe en la región latinoamericana otra ciudad con tal carga expresiva, bizarra y delirante. Con esa carga de simbólica urbana y de costumbres míticas puedes inflamar la retina/psique de cualquier espectador para hacerlo levitar sobre la oquedad urbana más loca que conozco.
Nuestra ciudad es extrema en sus dos entidades constituyentes: el ser humano y la naturaleza, ambas extremadamente particulares. La abrumadora proporción de población indígena de La Paz no existe en otra ciudad latinoamericana, y es la marca identitaria de un porvenir sociocultural sin retorno. Esa identidad racial y social nació en el marco natural más alto y montaraz del continente. Son dos entidades que no podían dar más que una ciudad impensada e inesperada hasta el paroxismo. Ese abigarramiento social, acunado en infinitas arrugas gredosas, ha inspirado a nuestros cineastas; ellos pasearon sus cámaras en los pliegues de nuestro ser, en esas honduras de nuestro ethos para mostrar al mundo que existe un pueblo que habita en alturas cerca del sol y de las estrellas.
François Penz formuló dos conceptos (que son recontra paceños) para analizar la relación entre la ciudad y el cine: la geografía creativa y la coherencia topográfica. Con ellos Penz estudia los planos, los montajes y todo el arsenal fílmico que permite estudiar la cinematografía de lo urbano. Sanjinés, Eguino y Russo los desarrollaron en tres obras maestras que retratan este paisaje humano y terrenal para que otras sociedades sepan que Sebastián, Isico, y Elder se deslizan por sórdidas callejas cargando una vida extremadamente humilde pero con una enorme humanidad que se conserva gracias a nuestro sempiterno aislamiento.
Carlos Villagómez es arquitecto.







