Los pingüinos del Acuario de Nueva Inglaterra se veían relajados. Algunos estaban de pie sobre rocas, graznando en el aire húmedo. Otros respondían a esos graznidos. Parecían interactuar de manera juguetona e íntima entre sí. No se podía decir lo mismo de mi familia ni de los demás visitantes del acuario. Todos actuábamos con cautela para no invadir el espacio personal de los demás.
Tanto en mi labor como trabajadora social como entre mi propia red de amigos y familiares, he observado los estragos de los últimos 25 meses. Las mujeres me han preguntado, con una urgencia aterradora, cómo pueden seguir viviendo todo el tiempo en sus hogares cuando un miembro violento de la familia hace que el hogar sea inseguro. He visto a personas recurrir a sustancias para aliviar las presiones de la pandemia, y luego entrar a rehabilitación a regañadientes o esperanzadas; he escuchado a sus familiares y amigos relatar las recaídas; la vergüenza y el miedo hacen que sus palabras sean casi inaudibles.
Quienes han trabajado en la primera línea de la pandemia me han hablado de los abusos que han sufrido por parte de los pacientes que no creían en el COVID-19 ni en las medidas de precaución; también han compartido su frustración por la incesante cautela de quienes se han permitido el lujo de permanecer enclaustrados durante dos años.
Muchos de nosotros estamos destrozados, dolidos, recelosos y anhelamos calidez. La burbuja satisfactoria de la indignación justificada (o incluso el ardor de la ira) por lo que otros han hecho o dejado de hacer es más fácil de sentir que el dolor agudo del duelo o el dolor sordo de la tristeza y la preocupación prolongadas. Todos hemos sufrido; algunos más que otros, claro está. Hay quienes menos. Pero estamos reuniéndonos otra vez, nos guste o no.
La culpa no recae en los individuos por el desastre polarizado y lleno de gérmenes en el que estamos ahora. La culpa es de nuestro gobierno, y de los sistemas que no han conseguido mantenernos a salvo del COVID- 19 y sus daños colaterales. ¿Qué puedo hacer, en lugar de dirigir mi ira contra los demás, con la esperanza de que los haga reflexionar? Solo nos quedan los demás.No quiero que mi hijo y mi sobrina se sientan aislados. Quiero comunidad. Por supuesto que quiero un mundo mejor, pero a falta de eso, quiero este mundo, y eso incluye a todas las personas que lo componen.
Estoy cansada de juzgar las decisiones que gente que no conozco toma sobre el COVID-19, personas cuyas experiencias desconozco. Me tomo con moderación eso de ir a cenar a un espacio cerrado. Pero creo que no me molesta si esta mujer que conocí cerca del puerto de Boston toma té todos los días en un café repleto de gente. Usaré cubrebocas para proteger a otros, pero no sé si ella lo haya usado al interior de los edificios que visitó antes o después de hablar con nosotros. Y decidí que voy a dejar de preocuparme o molestarme en caso de que no lo haya hecho.
El virus sigue entre nosotros. Sus efectos irán cambiando. Tendremos que vivir con eso, y con los demás. Pero yo, por mi parte, quiero pararme en la roca más alta y graznar al aire: un grito de lamento por todo lo que hemos perdido. Y quiero que la mujer que conocí escuche mi grito, y quiero que me acompañe.
Miranda Featherstone es escritora y trabajadora social, y columnista de The New York Times.







