Unos años antes de que muriera, mi madre empezó a mandarme cosas: objetos que presumiblemente tenían un significado. A veces eran lo que cabía esperar, como joyas y fotografías, pero también había cosas más misteriosas. Por ejemplo, una tarde abrí un paquete que contenía, cuidadosamente envuelto, un leprechaun de cerámica de 20 centímetros de alto (mi familia no tiene ningún vínculo con Irlanda). No mucho después, anunció que quería enviar también su colección de figuritas de pájaros, por la que yo nunca había expresado un especial interés.
Era obvio que eso ya no tenía que ver con el legado de los recuerdos familiares, sino con deshacerse de cosas; era una forma de hacer una limpia, básicamente. Tuve que parar aquello, y no porque esos objetos no significaran nada para mí, sino por algo mucho más importante: significaban algo para ella. De hecho, lo que más me hacía disfrutar de su acumulación de figuritas de pájaros, cerámicas y galletas de mar de las playas de Texas era lo que ella disfrutaba con esas cosas. Su desinhibida asertividad sobre las cosas que le gustaban era uno de sus rasgos más admirables.
Así que la convencí no solo de que se quedara con sus figuritas, sino también de que siguiera valorando su presencia. Resultó que el afán de purga de mi madre me había hecho ver un error de concepto en nuestra relación general con la cultura material. En resumen: lo que a menudo despachamos como “trastos” —todas esas cosas innecesarias, a menudo excéntricas, que un tercero mandaría a la basura— en realidad pueden ser buenos para nosotros.
Resulta que existe una contracorriente para el imperativo de hacer limpia —a la que inevitablemente se le ha puesto el poco atractivo nombre de cluttercore (desorden organizado)— que es un franco ensalzamiento de la relación humana con los objetos. Como afirmaba una defensora del cluttercore a Architectural Digest, las redes sociales han fomentado una estética hacia lo neutral, lo aceptable, lo insulso y de un amoldado buen gusto: una interminable serie de fondos “desprovistos de estilo personal”. El cluttercore, en cambio, depende por completo de la idiosincrasia personal y de unos intereses singulares: es una celebración de la “individualidad radical”. En estos tiempos de imitación omnipresente, el llamado desorden representa algo “que no se puede calcar”, afirmaba Architectural Digest.
Debo admitir que, en algunos casos, el cluttercore está más cerca de ser una versión edulcorada de lo que es pura acumulación compulsiva, cosa que no estoy defendiendo, como un entusiasta a los cócteles artesanales no defendería el consumo compulsivo de alcohol. Pero el argumento sobre la individualidad no solo parece certero: apunta a las razones por las que el instinto de apreciar el desorden es correcto, natural y con frecuencia infravalorado.
Esto no quiere decir, por supuesto, que los minimalistas sean inhumanos o que la verdadera conexión dependa de los símbolos materiales. Pero estos vínculos personales entre objetos y significados sí contradicen la habitual crítica de que el apego material obedece a una superficial exhibición de estatus.
Más recientemente, he colaborado con el autor y editor Joshua Glenn para explorar su interés en una categoría cultural material que no recibe mucha atención, pero que aporta una visión distinta sobre ordenar y hacer limpias: el significado de los objetos que teníamos antes. En concreto, les pedimos a varios escritores y artistas que nos hablaran sobre cosas que hubiesen perdido: extraviadas, rotas, robadas, tiradas o regaladas. Algunos incluso explicaron que se habían deshecho adrede de cosas que luego han echado mucho de menos, o como mínimo han lamentado la pérdida de una época que ese objeto representaba. En casi todos los casos, nada esclarece más el valor instrumental de un objeto que su desaparición definitiva.
Estoy seguro de que a ti se te ocurren tus propios ejemplos: algún objeto que haya desaparecido de tu vida y que te encantaría recuperar, o, al menos, volver a verlo. Pero me pregunto: ¿sabías, cuando esa cosa desapareció para siempre, que ibas a echarla de menos? Si mi madre me hubiese mandado su colección de figuritas de pájaros, ¿se habría quedado mirando con nostalgia el lugar de la estantería donde estaban expuestos, ahora vacío?
Solo puedo hacer conjeturas. Pero la lección que he aprendido es: cuidado con lo que purgas. La víctima de la limpia de hoy es el objeto perdido de mañana, y los objetos perdidos lo son para siempre. Por eso conservo aún mi embarazoso leprechaun de cerámica. Estoy aprendiendo a valorarlo. Para mí, encierra un vínculo: con mi madre y con todas sus buenas intenciones e instintos, que no quiero perder nunca.
Rob Walker es columnista de The New York Times.







