Ben Wilson, joven historiador británico, publicó en 2022 el libro Metrópolis. Una historia de la ciudad, el mayor invento de la humanidad (recomiendo su lectura a los interesados en el tema), escrito en un tono diferente a los tediosos y aburridos estudios de urbanistas. En uno de sus capítulos llamado Aniquilación aborda, entre otras experiencias, la de Varsovia, capital de la actual Polonia, como el ejemplo paradigmático de cómo se asesina una ciudad, lo que otros autores llaman urbicidio.
Antes de la Segunda Guerra Mundial y con años de antelación, los nazis planificaron con saña la ocupación y destrucción de las ciudades de Polonia como una muestra de lo que sucedería a otras naciones si se atrevían a resistir su guerra relámpago. De 1939 a 1945 los nazis arrasaron el 85% del centro histórico de Varsovia y desmantelaron las áreas circundantes con una cantidad de bombardeos y efectividad jamás vista en la historia. No debía quedar piedra sobre piedra. Hitler entendía el importantísimo significado de una ciudad para cualquier sociedad del planeta: es la identidad construida, el ajayu expresado en un paisaje. Así, Varsovia sufrió la pérdida de su casa mayor, y a la devastación bélica siguieron otro tipo de acciones como sitiar la ciudad y no dejar pasar comida (suena conocido) ni insumos indispensables; se trataba en suma, de socavar la entereza humana y degradar el espíritu colectivo borrando del mapa una ciudad.
Hitler, que hizo diseñar en Varsovia una ciudad nueva para 130.000 arios y cero polacos, no pudo vencer la increíble capacidad de recuperación o resiliencia que tenemos los seres humanos. Acabada la guerra y bajo el régimen estalinista, mujeres y hombres de la devastada Varsovia volvieron a su terruño para reconstruir su ciudad. Para ello, se formaron dos frentes: unos querían reconstruir la ciudad histórica según fotos y pinturas de la época; y los otros, según la modernidad de entonces: grandes bloques de vivienda sobre extensos parques (el sueño de Le Corbusier llevado adelante por arquitectos estalinistas. Dios los proteja). Los primeros concretaron el pastiche histórico que ahora es el Centro de Varsovia con edificios a la usanza medieval o renacentista pero construidos en 1950. Su éxito fue total, incluso la Unesco declaró al centro de Varsovia reconstruido truchamente como Patrimonio de la Humanidad.
Y en el otro frente, los arquitectos comunistas seleccionados a dedo por el buró político, construyeron cientos de bloques de cemento cometiendo el segundo urbicidio de Varsovia, esta vez perpetrado por arquitectos. Como escribe Wilson: “apenas escaparon de una tiranía se les impuso otra”.
Carlos Villagómez es arquitecto.







