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La palabra como violencia

Las convenciones sociales pueden ser distintas según las sociedades y la clase social

Un cuarto de siglo
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Por Drina Ergueta
TEXTURA VIOLETA
/ julio 17, 2025
en Columnistas, Opinión

Pido la palabra… ¡Yaaaa… ja, ja, ja! ¿Desde cuándo, pues, se la pide? Se la toma, se interrumpe a la otra persona, se mete en donde a una no le llaman y se dice lo primero que pasa por la cabeza, sin reparos, sin mesura, se lastima e insulta sin cuidado, se vomita todo el odio y la envidia, especialmente esto último, aunque quien lo hace no se da cuenta de que se le nota que la tiene. En fin, es lo diario en las redes sociales y sin fin de plataformas virtuales con las que hoy se relacionan las personas.

Atrás quedó el cara a cara y lo que implica verse a los ojos, detectar los gestos y las intenciones, los tonos y el talante, las formas de evitar malos entendidos. En caso de enfrentamiento por puntos de vista distintos, esa franqueza y esa valentía de decir lo que se piensa y decirlo, además, sin caer en bajezas innecesarias porque, evidentemente, la otra persona puede reaccionar a ellas. Entonces, en persona, hay que medirse, no vaya a ser que la otra persona suelte una bofetada porque se le ha tocado el honor, se ha entrado en lo personal, en la familia, por ejemplo. Son convenciones sociales que hay que respetar.

Las convenciones sociales pueden ser distintas según las sociedades y la clase social; pueden ser bastante superficiales, como la manera de coger los cubiertos en la mesa, o profundas, como es mantener el respeto, o no dañar a otra persona, y construir sociedades. Lo primero son normas de conducta que se transmiten generalmente con la educación (formal y del entorno) y lo segundo pueden ser normas legales cuya infracción puede conllevar castigos y penas judiciales.

Evidentemente, las convenciones sociales de un lugar son el reflejo de la clase o grupo social dominante. En ese sentido, se imponen sobre otras opciones y es esa “aceptación” colectiva lo que les da su significado en un proceso comunicativo que, finalmente, es político y que construye nuestro mundo.

Un mundo lejos de ser justo. En el caso de las mujeres siempre hubo una doble moral, por un lado, la convención social señalaba que hay que respetarlas e incluso tratarlas “como a princesas” y, por otro lado, se aceptaba (y aún se acepta) su maltrato hasta el punto de violentarlas por parte del marido o pareja, su “dueño”. Así, que otro hombre las violente no sería tanto una afrenta a ellas como al marido o al padre o al hermano. En ese sentido, la intención de violentar a la mujer de otro puede tener la motivación tanto de atacarla a ella como la de atacar a “su dueño”. Parece mentira, porque uno se piensa que el mundo ha cambiado, pero esto, hoy, es tan común en las redes sociales y lo practican hombres en todos los estratos y niveles de educación… Allí están académicos e intelectuales haciendo “uso” de la mujer del enemigo, atacándola, para atacarle a él. Eso sí, para ello a veces se expresan más bonito.

En fin, en el caso de las mujeres, como grupo social en desventaja en el patriarcado, las convenciones que les afectan están siendo poco a poco modificadas por las mismas mujeres, gracias al feminismo, hasta el punto de lograr para ello una normativa legal. Muchas de las violencias machistas ya son delito.

Dicho eso, volvamos a las redes sociales y a su violencia. Un espacio, al parecer, sin normativas y donde, en todo caso, la convención es decir lo que salga de las entrañas. Es un problema global y aquí el control, más o menos formal, se ha centrado fundamentalmente en lo económico, como, por ejemplo, en proteger la propiedad intelectual; en lo explícitamente violento, respecto del uso de imágenes y algunas palabras; y en lo político, cuidando la línea marcada por el propietario de la red social, así, por ejemplo, se dará mayor libertad a alguien de extrema derecha o a algunos gobiernos que a alguien muy de izquierda.

Si bien las redes sociales son aparentemente un espacio sin control, existe una batalla a muerte por la convención y por su trasfondo político de construcción de nuestro mundo, donde las herramientas son las palabras, la comunicación. Por eso, tanta violencia.

En el caso de las mujeres, especialmente en este periodo electoral boliviano, las que se atreven a pedir la palabra o a hacer uso de ella reciben de respuesta un ataque furioso político que va acompañado de posiciones machistas y retrógradas. Todas las mujeres y los hombres no machistas deben aunar las voces para impedir este tipo de ataques contra las mujeres que hacen uso de su derecho a hablar y a hacer política, sean de la posición que sean.

(*) Drina Ergueta es periodista y antropóloga

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