Hay dos palabras que se repiten una y otra vez en el libro de pequeñas memorias de Andrés Canedo de Ávila, Nosotros, los del teatro. Son amor y memoria. “Pretendo que no se lo olvide”, dice don Andrés al final de uno de los capítulos, cada uno dedicado a un hombre o una mujer de teatro. Por el libro van desfilando íntimos homenajes a personas que se subieron al escenario en los años 60/70/80, que dirigieron, que escribieron, que actuaron en aquellas décadas de gran trascendencia social de las tablas bolivianas. Es la contribución de Canedo para que el olvido no caiga sobre ellos, sobre ellas. ¿Quién se acuerda hoy de Remy y Tatiana Varela, de Fernando Illanes, de Gonzalo Sánchez, de Willy Pérez, de Jorge Exeni, de René Capriles, de Carlos El Potro Lobaiza, de Susana Joffré, de Renee Jaitt, del argentino Matías Marchiori, de Tota Arce, de Eduardo Perales, de Daniel del Castillo, de Ninón Dávalos o de Guido Calabi, el viejo portero del Teatro Municipal de La Paz?
De vez en cuando, las redes sociales —convertidas en un obituario durante los peores meses de la pandemia— nos traen de vuelta nombres olvidados: hace poco se fue Beatriz de la Parra, aquella que diera vida a Milonia Cesonia en Calígula o a la Medea de Eurípides. El libro de Canedo es un recipiente donde descansa el tiempo, es una linda trampa con la que la sensibilidad y la inteligencia derrotan la condición pasajera que lleva el vivir hacia el olvido y la nada.
Las puteadas cariñosas de la inolvidable Norma Merlo, el gusto por el pan de Liber Forti, el talento gigante de Rose Marie Canedo… van desfilando por el libro como el río de la nostalgia inunda nuestros territorios vitales de manera inexorable. Los secretos íntimos de la creación y la actuación, las claves secretas de la formación actoral y el recuerdo de los clásicos (¿por qué no se hacen obras clásicas hoy?) se cuelan por las rendijas de las páginas de un libro autoeditado y distribuido mano a mano.
Canedo se confiesa sin necesidad de cura y arrepentimiento: siente a los amigos del alma que la vida separó. Y carga contra las trampas de la memoria, contra sus brumas, contra los nombres olvidados de manera cruel. Quizás el olvido más terrible para don Andrés es no recordar el poema que Guido Calabi dedicara a su querida Rose Marie Canedo, la dramaturga cruceña/paceña cuando ésta falleció demasiado temprano a la edad de 29 años en un abril triste de 1978. Los recuerdos de viajes con Rose Mary —nacida como Rosa María Vélez Rapp— funcionan como tributo justo a una mujer que con apenas seis años de trabajo dejara una huella imborrable en nuestro teatro. El estreno de Túpac Amaru del argentino Osvaldo Dragún, prevista para el Teatro Municipal en 1978 todavía espera y algún día volverá.
Canedo entendió, entiende y entenderá siempre el oficio como una praxis de amor, sostenido por personas ora humildes y calladas, ora narcisistas irremediables. La letra “eme” atraviesa clandestinamente el teatro boliviano hecho por mujeres: Maritza Wilde, Melba Zárate, Malena Orías, Mabel Rivera, Moraima, “la mora”, Ibáñez, la mencionada Merlo, Marta Monzón. Junto a ellas, ellos: Luis Bredow, Pepe Ballón (Canedo no olvidará nunca la ayuda y cariños recibidos en Caracas, tierra de exilio), Jorge Zabala, Marcelo Arauz, Elías Serrano, Carlos Seoane, Marcelo Antezana son los habitantes de este escenario inmortal, gentes del alma de Canedo y de todos nosotros.
El nudo se sube a la garganta de don Andrés a la hora de tributar unas letras a otro hacedor que se fue demasiado pronto también, compañero Ubaldo Nállar. Somos tan pocos en el teatro que pérdidas recientes como esa, por culpa del puto bicho, se sienten más hondas e injustas si cabe.
Si el teatro tiene más preguntas que respuestas, Canedo solo tiene un pedido: que alguien escriba de una vez por todas la historia del teatro en Bolivia. Todos sabemos que esa persona se llama Mabel Franco, precisamente la que me vendió el libro de memorias de don Andrés. Mabel además cumple con ese requisito secreto, atesora la “eme” y recopila actualmente fotos, escritos y recuerdos.
El teatro huye de lo obvio, enemigo mortal de lo complejo, incomoda, te obliga a pensar, a mirar el mundo más allá de tu burbuja. Es un lugar donde vamos a ser interpelados, a vernos a nosotros mismos y a los otros. No es un lugar para confirmar tus ideas. O sí. El teatro tiene veneno, el que lo prueba no lo puede dejar. Don Andrés Canedo lo probó. Y ahora pretende que no se olvide.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.







