Carne y Piedra es un libro clásico de Richard Sennett donde se estudian las relaciones entre las sociedades (más precisamente las experiencias corporales) y las ciudades. Para nosotros, seres urbanos de la montaña, montaraces irredentos, esa correlación entre el cuerpo humano y nuestro entorno construido es muy particular, diría bastante particular. En la ciudad de La Paz, tanto el humilde vecino como los accionistas aburguesados de una empresa suponen que son más vitales y potentes que la memoria de la ciudad, y todos magnificamos nuestros hábitos y realizaciones. Para ello, existen dos campos estelares: los acontecimientos políticos y los eventos festivos. En esos actos sociales practicamos a placer expresiones grandilocuentes, con cuerpos exultantes que se abstraen de la realidad (olvidando una historia plena de vergüenzas), practicando un histrionismo colectivo que pretende ocultar nuestra centenaria incapacidad, y exteriorizando nuestras enormes ganas de ser escuchados. Aquí, en la sede de gobierno de un país politizado hasta el tuétano, la carne y la piedra se entrelazan formando imaginarios urbanos, paradójicos y lastimeros, como también construcciones simbólicas que son las más atrabiliarias e iracundas de la región.
Si existe un sitio emblemático de esta ciudad para tales prácticas es la plaza San Francisco. Nuestro ombligo urbano, nuestro gran teatro citadino que perpetuamente convoca fantasías, deseos y cualquier práctica social que nace de la inventiva de un pueblo que sabe administrar sus carencias. Pero, ¿por qué San Francisco? Es una plaza de dimensiones discretas rodeada de construcciones mediocres a excepción del conjunto conventual más importante de todo nuestro patrimonio arquitectónico. Respuesta: a pesar de su escala provincial, esa plaza nació con un aura muy particular. En la colonia, San Francisco fue el punto de reunión de la ciudad de indios con la ciudad de los españoles y criollos, hilvanando un lazo imaginario entre los de arriba y los de abajo, entre las castas privilegiadas y los indios, entre el poder y la ciudadanía; es decir, es una bisagra social con un aura única. Antiguamente se edificó ese sentido de correspondencia social con puentes peatonales (uno con piedras de Tiwanaku), y después canalizando en ese sector el río Choqueyapu. Todo con piedra y argamasa. Y esas piedras “vieron” pasar los ataúdes de todos: de los corregidores, de los talladores de la portada del templo, de los aristócratas de antaño, de los dictadores militares y “verán” pasar los de todos nosotros porque la memoria urbana pervive en materia atemporal y nuestra carne deambula por meandros inimaginables y efímeros.
Carlos Villagómez es arquitecto.






