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Pandemia y adopciones, tenemos que hablar

Cuando un amigo me llamó hace poco para decirme que él y su familia habían acogido a un cachorro en su casa, no lo desbordé con felicitaciones. Todo lo que pude decir fue un “eso está genial” poco entusiasta. He sido asmático durante casi toda mi vida. Cuando las fotos de cachorros lindos comenzaron a […]

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Por Jon Methven
TRIBUNA
La Paz / diciembre 31, 2021
en Voces

Cuando un amigo me llamó hace poco para decirme que él y su familia habían acogido a un cachorro en su casa, no lo desbordé con felicitaciones. Todo lo que pude decir fue un “eso está genial” poco entusiasta. He sido asmático durante casi toda mi vida.

Cuando las fotos de cachorros lindos comenzaron a aparecer en mi teléfono, pensé en mi hijo de siete años, quien, como yo, es alérgico a las plumas y el pelaje. Luego moví mentalmente a esos amigos a la categoría de conocidos cuyos apartamentos rara vez o nunca volvería a visitar.

La pandemia ha empujado también a otros amigos y familiares al amor por los cachorros. Las cifras sobre la propiedad de perros desde el inicio de la pandemia todavía son algo irregulares, pero, como neoyorquino, he notado más perros entre los pies de la gente y un aumento de la linda y tierna influencia de la especie en el ecosistema de la ciudad. Todo esto es perfectamente aceptable para los humanos que no son alérgicos.

Sé que estoy provocando la ira de los amantes de los perros en todas partes, pero ten en cuenta que mi aversión a los cachorros es menos derivada de Cruella de Vil y más del medicamento para alergias y el desinfectante de manos. Solo pienso que, al menos aquí en Nueva York, hemos ido demasiado lejos: perros en restaurantes, perros en cochecitos, perros en autobuses y en el metro. Y la popó sin limpiar en las aceras sugiere que tanto el perro como el dueño del perro han comenzado a marcar su territorio.

Tampoco pretendo culpar a los pobres perros. Son los propietarios los que me preocupan, especialmente con quienes me relaciono. Tienen un júbilo excesivo y molesto por sus secuaces. Se debaten sobre cómo nombrarlos. Despilfarran dinero en su felicidad. ¿Por qué? Tengo una teoría: si bien las mascotas pueden ladrar, en realidad no pueden responder ni expresar observaciones sobre sus dueños. Si llegara a existir tecnología que traduzca los maullidos y ladridos en crítica constructiva hacia sus humanos, la industria de las mascotas, que vale miles de millones de dólares, se hundiría en semanas.

Mis hijos, incluso el alérgico, adoran a los perros, lo que hace más difícil mi desencanto. Están ansiosos por acariciar perros en los elevadores, contemplar hipnotizados los recorridos de los perros y preguntar, casi todas las semanas, “¿cuándo vamos a tener un perro?”.

He sido sincero con ellos: nunca, les dije. Y no voy a ceder. Pero cuando mi hijo mayor trajo a casa de la escuela un lagarto llamado Bobby para que lo cuidara el fin de semana, expuso una pequeña fisura en mi postura antimascotas. Me enamoré del lagarto.

Bobby era un camaleón. Los niños lo amaban. Lo abrazaban. Lo bañaron y lo vistieron con toallas de cocina. Hicieron llamadas de FaceTime a sus primos para contar historias de sus travesuras más tiernas o tortuosas.

Para ser honesto, nunca detecté algún gesto de emoción en el rostro de Bobby, el lagarto. No hizo ningún truco ni mostró personalidad, ni siquiera movió su cola de reptil. Era la mascota perfecta.

Resultó que todos estábamos más felices con Bobby en la casa. Nos sentamos alrededor de la pecera, mirándolo a través del cristal, esperando que hiciera un salto, cosa que nunca hizo. Esperábamos que levantara una garra o guiñara un ojo, cosas que también se negó a hacer, algo muy de Bobby. Le preguntamos si era un buen chico y nos miró con la mirada perdida de Bobby, y llegamos a la conclusión de que sí, que era un buen chico.

Cuando llegó el momento de que Bobby se fuera, tomamos una foto familiar. Porque durante esos días, Bobby fue parte de nuestra familia. Aguantó todas las caricias, frotamientos y baños. No tenía pelo. No estornudé ni una vez. Lo amo por eso.

Jon Methven es columnista de The New York Times.

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