Las cámaras estaban grabando incluso antes de que los actores Ryan Reynolds y Rob McElhenney estuvieran seguros de que habría algo que filmar. En noviembre pasado, esperaban con ansias saber si su propuesta para comprar al Wrexham, un club galés abandonado en la quinta categoría del futbol inglés, sobreviviría una votación del Fondo de Apoyo, el grupo de fanáticos que había rescatado al equipo de la bancarrota y lo había administrado con un presupuesto escaso durante años.
McElhenney había elucubrado la idea de comprar un equipo de fútbol tras chutarse ambas temporadas de Del Sunderland hasta la muerte, la exitosa serie de Netflix que detalla los efímeros momentos de gloria y los frecuentes problemas de otro club venido a menos arraigado en el Reino Unido posindustrial.
Si el fondo del Wrexham rechazaba la propuesta de adquisición de los actores, su plan se vendría abajo; después de todo, sin un club, no habría documental. Sin embargo, para que el documental funcionara, tenía que seguir su aventura en el mundo del fútbol desde el principio. Así que mientras esperaban a que sonara el teléfono, McElhenney y Reynolds tenían que decidir, en la práctica, ¿cuál era la prioridad: el contenido o el club?
El Wrexham no es el único lugar que lucha con esa pregunta. El fútbol ha sido desde hace tiempo tierra fértil para el cine y la televisión, pero la popularidad de las plataformas de emisión en continuo ha disparado una cascada de producciones. No obstante, existe una diferencia crucial entre muchos de esos proyectos y su antecesora. En Sunderland, los productores eran meros observadores del club. En el Wrexham, y en todos lados, son algo más: son actores en el drama.
“Los clubes de fútbol son las mejores inversiones de contenido en el mundo”, dijo Matt Rizzetta, presidente de la agencia creativa North Six Group y, desde 2020, el propietario principal del Campobasso, un equipo en la tercera división italiana. Firmó un acuerdo con Italian Football Tv, un canal de YouTube, para hacer una serie documental que seguirá al Campobasso en su intento (a la larga exitoso) de ganar su primer ascenso en décadas.
“Era una historia que necesitaba ser contada, este equipo de una zona del país que ha sido olvidada”, dijo Rizzetta. Esa obscuridad, en cierta medida, ayudó a hacer viable el proyecto. “Era un club pequeño y aburrido”, mencionó. “Transmitía la sensación de una empresa emergente. Teníamos algo parecido a una tabula rasa. No había nada que pudiéramos hacer mal”.
Reynolds y McElhenney han sido igual de explícitos sobre sus planes. “El documental es una gran parte” del proyecto, dijo McElhenney durante la primera visita de los actores a Wrexham en octubre, que ya está sintiendo los beneficios del polvo de estrellas de Hollywood que le han echado. Una ola de increíbles contrataciones llegó durante el verano para reforzar al equipo. También ha habido inversión en la infraestructura del club. Algo de ese nuevo dinero ha provenido de la venta de boletos (hay más público esta temporada) y otra parte se ha debido a un aumento repentino en la venta de las réplicas de camisetas.
En mayo, Reynolds y McElhenney anunciaron (en el estilo burlón que, hasta el momento, los ha caracterizado como propietarios) que habían vendido dos temporadas de su documental, Welcome to Wrexham, a la cadena FX. Se incluirá el momento en el que recibieron la llamada para confirmar que su propuesta para adquirir el club había sido aprobada por los hinchas. Todo se captó en video. Resultó que el contenido era inseparable del club.
Rory Smith es columnista de The New York Times.






