Si los años de sequías, inundaciones, olas de calor e incendios forestales devastadores ocurridos desde que se adoptó el Acuerdo de París nos han enseñado algo, es que hemos subestimado la velocidad del cambio climático extremo y desestabilizador.
El mundo se ha calentado alrededor de 1,1 grados Celsius con respecto a los niveles preindustriales, en gran parte desde 1950, y las temperaturas siguen en alza. Por eso era tan importante que más de 100 países se sumaran la semana pasada a una coalición encabezada por Estados Unidos y la Unión Europea para reducir las emisiones mundiales del potente gas de efecto invernadero metano en al menos un 30% para 2030.
Sin embargo, los delegados reunidos en una conferencia mundial sobre el clima en Glasgow tienen que hacer más: por la seguridad del planeta, tienen que profundizar su actuación y con más rapidez para limitar el aumento de la temperatura a corto plazo. Es necesario que más países se sumen al pacto sobre el metano. Para aquellos que se sumaron, su compromiso debe ir aunado a acciones reales si queremos frenar el calentamiento antes de que las consecuencias sean catastróficas. Esto es parte de una estrategia de mitigación esencial, junto con la rápida eliminación del carbón y la protección de los bosques.
El otro elemento de esa estrategia es la reducción de las emisiones de los contaminantes climáticos más nocivos, los que, junto con el metano, potencian el calentamiento a corto plazo. Sin recurrir a la geoingeniería del clima, esta es la forma más rápida de frenar el calentamiento global. Estos supercontaminantes tienen el potencial de poner en peligro los sistemas naturales esenciales, ya que aceleran el derretimiento del hielo marino del Ártico y de las capas de hielo de la Antártida y Groenlandia y el deshielo del permafrost en las regiones boreales del mundo. Ese deshielo será desastroso para el clima si acaba liberando enormes cantidades de metano y otros gases de efecto invernadero.
Sabemos, por las mediciones del aire atrapado en el hielo antártico, que la cantidad de metano en el aire ha alcanzado su nivel más alto en al menos 800.000 años. Y dado que las emisiones de metano pueden ser más de 80 veces más potentes en el calentamiento del planeta en 20 años que el dióxido de carbono, la reducción del metano tiene un papel especial en la limitación del aumento de la temperatura a corto plazo. Otros dos contaminantes climáticos de vida corta también son muy potentes: los hidrofluorocarbonos, utilizados sobre todo en la refrigeración y el aire acondicionado, y el hollín de carbono negro, causado por la combustión incompleta de combustibles fósiles, madera y residuos orgánicos.
La reducción de estos contaminantes es posible con la tecnología actual y podría limitar aún más el aumento de la temperatura en las próximas dos décadas que las estrategias orientadas solo al dióxido de carbono, lo cual evitaría el triple de calentamiento para 2050. Estamos avanzando, pero no con la suficiente rapidez. En particular, el mundo debe centrarse en las emisiones de carbono negro procedentes de la producción de petróleo y gas en el Ártico. Estas partículas oscurecen la nieve y el hielo, lo que reduce la reflexión de la radiación solar en una región que se está calentando a un ritmo tres veces superior al mundial, con el potencial de influir en los patrones climáticos globales. La reducción de estas emisiones debería ser una prioridad mundial.
En resumen, necesitamos una estrategia global combinada de disminuciones importantes de las emisiones de dióxido de carbono y de reducción de las de metano y de estos otros supercontaminantes. Si no, no conseguiremos limitar los aumentos de temperatura a corto plazo ni la posibilidad de un calentamiento descontrolado. Todos los países deberían hacer un esfuerzo conjunto.
Paul Bledsoe, Durwood Zaelke y Gabrielle Dreyfus son columnistas de The New York Times.






