Se podría considerar a la lucha en Chicago de 1886, Estados Unidos, como el punto de partida de una serie de políticas laborales a favor de los trabajadores; y uno de los logros más importantes es el establecimiento de un salario mínimo.
El salario mínimo se define como la cantidad monetaria mínima que un asalariado debe percibir por el trabajo efectuado durante un periodo determinado para el empleador, esta definición trascendió hasta la actualidad, y hoy en día más del 90% de los miembros de la Organización Internacional del Trabajo tienen uno o más salarios mínimos.
Pero ¿dónde nace el salario mínimo nacional? Esta medida nació en Nueva Zelanda en 1894, y 15 años después llegó a Europa, más específicamente al Reino Unido en 1909. En Estados Unidos se estableció el primer salario mínimo en 1938, a causa de las disparidades salariales entre estratos socioeconómicos y las deplorables condiciones laborales que enfrentaban aún los trabajadores, particularmente las mujeres. En Bolivia hubo un estancamiento del salario mínimo en la década de los 70, y aunque se quiso reestablecer en la década de los 80, la hiperinflación solapó los incrementos.
El establecimiento de un salario mínimo no es consensuado a nivel internacional, convirtiéndola en una política controversial, dando lugar a dos posiciones opuestas; por un lado, los que están en contra de un salario mínimo, y por otro, aquellos que están a favor de ello. Los argumentos sobre esta medida son amplios, sin embargo, creo que es necesario resaltar la importancia del salario mínimo y su efecto en el mercado laboral. A este tipo de análisis del salario mínimo sobre el resto de la distribución salarial, o dependiendo del enfoque que se le dé, se lo denomina “efecto faro del salario mínimo”.
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Existen varios estudios a nivel internacional sobre este tema, empero, las investigaciones más sobresalientes están relacionadas con el empleo; y uno de los más significativos, en mi opinión, son las investigaciones en el ámbito del mercado laboral de David Card, quien ganó el Premio Nobel de Economía 2021 junto a Joshua Angrist y Guido Imbens, demostrando que el salario mínimo no necesariamente conduce a un menor empleo.
En el ámbito nacional aún existe oposición por parte de algunos grupos, principalmente empresariales, sobre el incremento al salario mínimo nacional. Y después de los argumentos mencionados en el anterior párrafo, sorprende que aún cuestionen si elevar el salario mínimo sea una buena idea. Sin embargo, la mejor forma de contraargumentar este punto de vista es con datos.
Comencemos por los desocupados, en Bolivia, antes de 2005, la tasa de desocupación urbana era muy fluctuante y elevada. El gobierno de turno no logró reducir este indicador, que llegó en promedio a 8,3%, una etapa donde el salario mínimo nacional se mantuvo congelado por tres años consecutivos (2003-2005) en Bs 440 ($us 54), y la inflación promedió 4,5%. Algo similar pasó en 2020 durante la pandemia.
A partir de 2006, la correlación entre estas variables fue inversa, alcanzando en 2022 un salario mínimo de Bs 2.250 ($us 323) y una tasa de desocupación a fin de periodo de 4,3% (reducción de 4 puntos porcentuales respecto a 2005), sin mencionar que la ocupación alcanzó a más de 4,3 millones de personas en el área urbana. Argumentos suficientes y más que válidos.
Retomando el concepto del efecto faro, cuando el Gobierno anuncia que se incrementará el salario mínimo nacional, el mercado laboral interpreta que hay una compensación de los ingresos a favor de los trabajadores, dando como resultado un ajuste en los salarios al alza. Este efecto trasciende a otras dimensiones, como por ejemplo a la reducción pobreza, una mejor redistribución del ingreso o a una mayor movilidad social; siempre y cuando la medida esté enfocada a los más vulnerables y el incremento esté por encima de la inflación, como se lo hizo en Bolivia en la medida de lo posible.
Aunque es necesario realizar estudios empíricos aplicados al caso boliviano considerando otros aspectos estructurales como la informalidad u otras variables, que el Gobierno establezca un incremento al salario mínimo nacional para 2023 a Bs 2.362 (5% más que en 2022) es una señal de que se está compensando el aumento del costo de vida por la inflación (3,1% en 2022). Este incremento al mínimo, siguiendo la tendencia de los últimos 18 años, tendrá un impacto positivo en el mercado laboral a nivel nacional, ya sea en el empleo o el ingreso, un efecto faro.
(*) Álvaro Aruquipa es ingeniero comercial y analista económico







