El “conflicto” de fondo que estalló en el Perú en diciembre de 2022 no ha terminado, solo se ha dado una pausa y en esa situación cabe hacer algunas observaciones. Durante y después de las protestas que se dieron en ese país se ha terruqueado a diestra y siniestra a los movilizados, con masacres de por medio, descalificando al mismo tiempo sus demandas; pero también se ha tratado de ridiculizarlos por el uso de la wiphala. Un ejemplo de esto último fueron las palabras del congresista peruano Juan Carlos Lizarzaburu, quien en los primeros días de febrero del presente año dijo que este símbolo era un “mantel de chifa” y que “fue adoptado por algunos resentidos sociales bolivianos”. Tales afirmaciones son parte de una “avalancha” provocada y dirigida contra quienes, en los hechos, son tratados como ciudadanos de segunda y que en el último tiempo se han atrevido a cuestionar el orden establecido en el Perú.
En todo esto hay un aspecto muy importante: el afán por presentar como ignorantes a quienes en su lucha levantan la wiphala. Por eso muchos se han dedicado a señalar, por ejemplo, que este símbolo no existía en el incario, y esto tiene un sentido demarcatorio, pues se trata de identificar por la “ausencia de conocimiento” a quienes consideran sus enemigos. Bajo esa perspectiva, quienes levantan la wiphala lo harían sin tener fundamentos y esa sería una expresión de “su ignorancia” que, a la vez, desautorizaría su pedido de cambio de la Constitución: “son gente que no sabe y por eso mismo deben dejar esos asuntos a quienes sí saben”.
Empero, hay que tener claro que esto de que “la wiphala no existía en el incario” se ha venido repitiendo, de distintas maneras, para ignorar los problemas contemporáneos que sufren y enfrentan quienes levantan ese símbolo, problemas que determinan las protestas que se han generado. Así, desde un posicionamiento de superioridad intelectual, con aires de sabiduría absoluta y en sentido de mofa, señalan lo que consideran ignorancia sobre el pasado precolonial; pero lo hacen para al mismo tiempo desentenderse de los problemas del presente, contraponiendo a la vez la bandera oficial del Perú como símbolo que representa su situación de poder frente a los “ignorantes”, sus “enemigos internos”. Más allá de la “sabiduría” de los impugnadores de la wiphala, lo que está en juego es una correlación de fuerzas que, en este caso, puede verse como disputa simbólica.
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En ese sentido, es pertinente notar que, en estos últimos meses, la wiphala viene ganando terreno en el vecino país, pues en distintos espacios en los que anteriormente no se la veía se la va enarbolando. Si bien antes de las mencionadas movilizaciones algunas personas en Perú identificaban este símbolo como parte del folklore puneño y muchas otras ni sabían de su existencia, en la actualidad se la va incorporando en distintos actos como una forma de afirmación identitaria frente al poder. Y es que actualmente varios aspectos que implican un proceso de politización están asociados a la wiphala: la búsqueda de alternativas, el ponerse de pie frente a quienes dominan, la valentía y solidaridad en la adversidad, la defensa de la soberanía y los recursos naturales, el rehacer el autoestima “empuñando” elementos que han sido estigmatizados por el criollaje peruano (el origen serrano, la vestimenta de los padres o abuelos, los apellidos de “indios”, la piel “cobriza”, etc.), entre otros.
Los promotores y operadores de la campaña de terruqueo, sin proponérselo, le han dado un impulso a la wiphala, pues este símbolo está siendo identificado como aquello que representa una voluntad de cambio que surge desde “el Perú masacrable”. Visto así, su legitimidad no reside en la historia precolonial (no importa, por ejemplo, si la usó o no Wayna Kapak), pues lo realmente importante está en el sentido que le dan las poblaciones que se vienen identificando con él en un proceso de lucha. Y esto es lo que no se debe perder de vista: la wiphala en el Perú se viene convirtiendo en un símbolo de lucha de quienes no están dispuestos a seguir siendo los ciudadanos de segunda de un Estado que los reduce a folklore y los masacra. Estos actores no son el pasado, pero eso no quiere decir que no tienen historia. Son quienes en el presente han empezado a disputar la producción de un futuro y en este proceso vienen problematizando su propia trayectoria histórica.
(*) Carlos Macusaya es miembro del grupo Jichha







