Foucault nos heredó como conocimiento que las memorias son una especie de legado de las ciudades que demuestran que esa caja del hacer y rehacer son parte de la historia de las naciones.
Y son justamente los tiempos actuales los que parecieran denotar cómo las experiencias han influido en la vida humana en los dos últimos años. Dolor, sinsabor, estrés, temor, nostalgias, soledad, fueron las sensaciones que nos trajo la última pandemia, y con ello se vivió algo parecido a una borrasca que aún no está del todo superada.
El sábado, caminando por la ciudad, tuvimos una experiencia: una señora y su nietita se nos acercaron para hacernos una entrevista. Esta se refería al tema de la pandemia, como una tarea asignada en el colegio.
Fue ese el momento en que retrocedimos a un periodo que busca ser el más olvidado, especialmente por el padecimiento que trajo para toda la humanidad.
Así pues, establecimos un diálogo y reflexionamos sobre el dolor que significó para la generación de niños y adolescentes la pérdida de los adultos mayores en sus familias a causa del virus; además de los nuevos hábitos de los que tuvo que apoderarse la juventud a partir de 2020, cuando se comenzó a vivir una realidad que no se olvidará fácilmente.
La mirada lánguida de la bella dama mostraba lo sabio del vivir, pero también el sufrimiento que nos ha heredado el COVID-19, así como la desorientación y la necesidad incalculable de contar con otro tipo de alicientes para seguir adelante.
Aquel encuentro también nos llevó a reflexionar sobre las miles de personas que atravesaron, y aún lo hacen, situaciones adversas que las marcaron. A pesar de ello, lo más lamentable es que la posibilidad de perder más vidas aún no ha cesado.
Evidentemente, la existencia humana ha dado un giro desde 2020 y hoy cada persona condensa una serie de temores que posiblemente no sean superados hasta dentro de algún tiempo. Lo interesante es cómo la sociedad anhela nuevas esperanzas, nuevas realidades. Y es en esa medida que se hace necesario que las ciudades sean concebidas con algo más de sensibilidad para que la reflexión se multiplique. En otras palabras, que estén pensadas también para aquellos sobrevivientes del dolor y, consiguientemente, las formas, el color y los espacios produzcan por lo menos curiosidad y remitan a sensaciones positivas que alienten nuevos haceres en el ciudadano de hoy.
Sobra decir que el planeta ha quedado tan impactado que muchos han quedado desorientados sobre el camino a seguir. Esto sin duda porque este tiempo nos ha demostrado una clara ruptura entre el ayer cercano y el nuevo hoy, lo que quizá era necesario para iniciar una nueva era.
Tampoco se debe olvidar el crecimiento de lo positivo: un mejor relacionamiento entre las personas a través de la comunicación virtual, sin dejar de lado aquella invisible necesidad de desarrollar nuevamente la sensibilidad que nos recuerda que somos seres humanos y que tenemos que seguir construyendo un mundo mejor. Un planeta, como afirma Levi Strauss, en el que toda desigualdad trate de ser nivelada, a fin de recordar estos tiempos como una simple caricatura del dolor.
Aprovechemos este momento para dar el gran salto al futuro y elevar las cualidades que conlleva la vida, siempre con el objetivo de formar parte del nuevo desarrollo del ser humano.
Patricia Vargas es arquitecta.







