El 25 de octubre pasado, en el teatro de la Unesco, en París, se realizó la solemne ceremonia de homenaje a Amadou Mahtar M’Bow en ocasión de su aniversario natal número 100. En esa oportunidad como uno de los oradores, evoqué algunas reflexiones que transcribo en apretado resumen:
Fue en esta casa, el escenario donde Amadou Mahtar M’Bow cosechó sus mejores triunfos como director general de la Unesco por 13 fructíferos años (1974-1987). Aquí mismo ofreció a los miembros del Consejo Ejecutivo las ideas más sólidas que se esparcieron como semillas promisorias en todos los países miembros: la educación para todos, la alfabetización como factor de desarrollo, el concepto de educación permanente, la preservación de la heredad cultural a través de la lista patrimonial, el reconocimiento a la diversidad de las culturas, la universalización de la ciencia y la tecnología para beneficio común, y tantas otras acciones que ahora forman parte inefable en los programas gubernamentales.
Amadou, hombre de principios no negociables, impuso con su ejemplo y su integridad personal, el ideario de la paz y fraternidad universales. Trabajar junto a él era un permanente ejercicio de aprender y enseñar a la vez. Si vivir más de 100 años es de por sí una hazaña, recorrer ese periodo, sin claudicación alguna, es tarea titánica, en medio de las mezquindades políticas o de celos que lamentablemente destellan en la naturaleza humana; por ello, nada más preciso que el lema de esta reunión “Amadou Mahtar M’Bow: un hombre, de pie en su siglo”.
Porque no fue tarea fácil cruzar de un siglo al otro, montando las procelosas olas de la guerra fría, superando las barreras de la mentalidad colonialista, soslayando las hegemonías geopolíticas en el Este, el Oeste, el Norte y el Sud, y finalmente, adaptarse a la revolución informática que, si bien facilita las minucias cotidianas, también —ocasionalmente— amenaza la libertad. En todo ese arduo recorrido Amadou Mahtar M’Bow, como el más ilustre DG, no se concretó al ejercicio inocuo de la gestión administrativa, sino aunque algunos dirían que a veces marchaba beyond the call of duty, irradiando su personalidad en la defensa de los derechos humanos y fue, precisamente en América Latina, durante la noche negra de las dictaduras militares, que la mano de Amadou extendió el alero de la Unesco para cobijar a los intelectuales perseguidos del Paraguay, la Argentina, el Brasil, de Chile y de Bolivia.
Creo ahora es el momento pertinente de recordar con hondo agradecimiento los réditos concretos en educación, ciencia y cultura en esa región de la era M’Bow. En todos sus emprendimientos no era solamente el poseedor del tampón burocrático, sino un entusiasta animador. Por ejemplo, vienen a mi memoria que en los viajes en que lo acompañé como director para América Latina y el Caribe, por algunos países de esa región, ocurrieron ciertos episodios que trasuntan la humana calidad de nuestro homenajeado. Cuando se había terminado la visita oficial a la ciudad colombiana de Popayan, declarada patrimonio de la Humanidad, se descolgó una feroz tormenta tropical que nos impedía salir del hotel hacia el aeropuerto donde se hallaba aparcado el avión puesto a nuestra disposición. Enfrentamos, entonces, el dilema de perder nuestras conexiones internacionales o desafiar la furia celestial. Amadou preguntó al piloto si se atrevía a decolar y ante la afirmativa decidió abordar la nave. El embajador colombiano que nos escoltaba se excusó por no querer subir al avioncillo y nos despidió al borde del aparato, haciendo el cristiano signo de la cruz. El DG me dio la opción de seguirlo o quedarme. De inmediato le respondí que lo acompañaba. Sin embargo, no bien comenzamos el ascenso, la tempestad arreció y el avión tambaleaba cual hoja al viento, motivando la inquietud del piloto quien estaba en constante comunicación con la torre de control de Bogotá. Finalmente, al tomar con suprema dificultad mayor altura, dejamos atrás los negros nubarrones y aterrizamos rodeados de carros bomberos y de asustados funcionarios de protocolo. Ese episodio reflejaba en Amadou su filosófico apego a la fatalidad, pues el destino le tenía reservadas grandes tareas pendientes para una larga vida.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






